lunes, 30 de diciembre de 2013

El manual de Mourinho llevó al Chelsea a una seria victoria

El Chelsea ganó al Liverpool en Stamford Bridge (2-1) en un gran partido de fútbol que se volvió una auténtica guerra en la segunda parte. Culpable: Mourinho. Llevó el juego a su terreno para que no se escapara y cosechó una brillante victoria. El Chelsea huele a campeón.


Con un partido brillante en la primera mitad y de una solidez extrema en la segunda, Mourinho y su Chelsea pasaron por encima del Liverpool. Con las dos caras fueron el mejor equipo sobre el césped. Y eso que empezaron perdiendo, porque Skrtel empujó a gol una jugada a balón parado a los tres minutos de juego. Pero después, gracias a una intensidad envidiable y una mentalidad ganadora, Hazard y Eto’o consiguieron darle la vuelta al partido.

Después de criticarlo crudamente, Mourinho plagió a Benítez y colocó a David Luiz de mediocentro. Arriesgó mucho, porque el brasileño es una caja de sorpresas tanto para bien como para mal. Pero le salió redondo. En la segunda parte, Brendan Rodgers quiso anularlo colocando a su espalda a Coutinho para que enlazara con Luis Suárez, aunque ya era demasiado tarde. Para ese entonces David Luiz ya había decidido el partido. Solucionó los problemas de elaboración del Chelsea con un acierto sorprendente. La manera en la que inició la jugada del 2-1, obra de Eto’o, definió su partido: un pase picado, rebosante de confianza, suelto y profundamente vertical. David Luiz marcó los frenéticos tiempos del juego blue para lograr la victoria.

Pero si un futbolista es mourinhismo en su esencia, ese es Willian. El brasileño está irreconocible. Atrás ha quedado ese fútbol de fantasía, de amagos constantes y de velocidad indescriptible que enamoró a Ucrania, Europa y el mundo entero. En el Shakhtar, Willian era pura samba. Ahora ya no es nada de eso. Su fútbol es más feo y mucho menos eléctrico, pero muchísimo más útil para el equipo. Trabaja en defensa, recupera balones (hasta once en el partido de hoy, el jugador que más veces lo hizo) y aporta equilibrio. Se mancha de barro hasta los codos. Y así triunfa. Tanto o más que regateando anárquicamente. Aunque brille menos.

Hazard es un diablillo con el culo muy gordo y una facilidad apabullante para ser decisivo. Cuando llegó a la frontal del área y antes de que le pegara con el interior del pie, todos habíamos adivinado ya la trayectoria de ese balón: moriría en la escuadra. La jugada la inició él, consciente de que si seguía corriendo le llegaría su oportunidad. Tiene tanta mala leche en el cuerpo que su suave toque se convirtió en un misil teledirigido. Nada pudo hacer Mignolet, errático en el segundo gol. El belga cometió un error infantil ante un chacal. Eto’o metió la puntita nada más, lo justo para voltear el partido y el corazón de más de un amante del fútbol. No está en plenitud pero sigue goleando, como siempre.

A este Liverpool le falta picardía y algún que otro tiro en el cuerpo. Casi tantos como le sobran al Chelsea. Los chicos de Brendan Rodgers todavía creen que al fútbol se juega con los pies, haciendo jugadas imposibles y que los goles son lo más importantes. Son muy cándidos. En el fútbol, en este fútbol de altísima competición, cada partido es una guerra. Y más si se juega en Stamford Bridge, donde no desmontan las trincheras entre juego y juego. Ni siquiera por Navidad. Cuando acabó la primera parte, Sakho le pidió la camiseta a Eto’o. Es normal; es un muchacho joven que seguramente creció cantando los goles del camerunés. Pero reflejó lo que era el partido. Futbolísticamente eran niños contra hombres que tenían la lección muy bien aprendida. Y la lección era ganar el partido por talento y preservarlo por la fuerza.

En el descanso, Mourinho quitó a Lampard y metió a Obi Mikel. Quitó a la chispa y metió al músculo. Quitó al emblema del Chelsea y metió a un futbolista que sostenía la bandera de su ideario. Y en ese momento Stamford Bridge supo que el partido no se escapaba. No sólo porque Luis Suárez, el único arma de verdadero peligro del Liverpool estaba desaparecido. No sólo porque le estaban pegando, con y sin balón, para anularlo. No sólo porque sin él el Liverpool no es nada. No. Sabía que no se escapaba porque cuando Mourinho arriesga siempre gana. David Luiz, Willian y Mikel para decidir un partido. Y un profundo olor a seriedad y campeón de la Premier League.

PabloG.

martes, 24 de diciembre de 2013

Arsenal y Chelsea tuvieron respeto por el fútbol

Arsenal y Chelsea empataron (0-0) en un partido que ofreció mucho menos de lo que anunciaba. Pero que sirvió para dejar vivos a ambos equipos en la Premier. El Chelsea, con trivote, fue de más a menos; el Arsenal, que no hizo cambios, se creció con los minutos hasta el punto de tener el partido en sus manos al final.
No fue el más brillante de los partidos, pero sin embargo sirvió de mucho a ambos equipos. Al Chelsea, por ejemplo, para no perder comba con respecto a la cabeza de la liga. Y para demostrar que cuando Mourinho dispone sus fichas sobre el tablero, es capaz de condicionar tácticamente casi a cualquiera. Al Arsenal, aunque perdió el liderato, le sirvió para ganar algo de moral. Ahora son segundos, empatados a treinta y seis puntos con el Liverpool y perjudicados por un goal averagepeor, pero después del ridículo que hicieron contra el Manchester City, sellado con un 6-3, se volvieron a convencer de que pueden plantarles cara a los equipos punteros de la Premier. Que no han sido un espejismo estos meses de competición y que siguen siendo candidatos al título.
Los dos equipos siguieron trayectorias muy diferentes durante los noventa minutos. El Chelsea dominó hasta la primera mitad, asentado en la ventaja táctica que le suponía presentarse hoy en el Emirates con un trivote formado por Lampard, Obi Mikel y Ramires. Tres soldados a las órdenes del mejor de los generales que anularon por completo el juego del Arsenal. En palabras de Mourinho, la inclusión de Mikel en el once respondía a una necesidad de ganar “equilibrio para no quedar expuestos” y sufrir a la contra. Le salió redondo. Obligó a Özil a recibir atrasado y Ramsey no pudo despegar en ningún momento.
Y aún mejor le pudo salir si el larguero no llega a impedir que la volea de Lampard desde la frontal entrara en la portería de Szczesny. Fue la mejor ocasión del Chelsea en la primera mitad y en todo el partido. Y quizá la única de peligro real. Coincidió con el progresivo arranque del Arsenal. O, más bien, fue su causa directa.
Arteta campó a sus anchas por el Emirates. Aprovechó la ausencia de un mediapunta en el Chelsea para situarse inmediatamente por delante de los centrales y desde ahí desplegar su fútbol. Fue lo mejor del Arsenal, el único argumento ante un Chelsea que le ahogaba en el plano táctico. Pero no pudo hacer ninguna maravilla. Ramsey, su teórico primer apoyo, se iba a los tres cuartos de campo. Özil se ofrecía, pero lo máximo que daba era un apoyo de cara. Ni Sagna ni Gibbs eran profundos. El escenario era desolador. Arteta tenía una bomba nuclear en sus manos, pero no había aviones en el aeropuerto que le ayudaran a lanzarla.
Poco a poco se fue asentando el Arsenal. Comenzó a desplegar su fútbol y el partido giró a la ida y vuelta. Un clásico en la Premier, un ingrediente indispensable para que el partido guste. Pero fue una ida y vuelta muy moderada. Muy respetuosa, como todo el partido. Los dos equipos se jugaban demasiado y eran conscientes de que un error les dejaba gravemente heridos en la tabla. Que tenía mucho más que perder el Arsenal también era una realidad. Una derrota tumbaba anímicamente a los de Wenger, además de dejarles a un punto del líder Liverpool.
Y fue por eso por lo que Mourinho quiso romper el empate a cero. Porque ya estaba bien de conservar. Entraron dos de sus hombres de mayor confianza, Schürrle y Oscar, con el objetivo de hacer añicos el partido. Diez minutos más tarde se arrepintió; tuvo que entrar David Luiz por Torres para amarrar el empate. Ya no parecía tan mala idea.
Wenger no hizo cambios pero su Arsenal brilló más al final del partido
El motivo era simple, aunque complejo de entender físicamente hablando. Y es que un Arsenal que no había hecho un solo cambio devoró al Chelsea en los diez minutos finales del partido. Ni un cambio, cero. Wenger ni siquiera quitó a Rosicky, discreto durante los noventa minutos y pasado de revoluciones, a pesar de tener una amarilla. Casi lo borda. En una de las pocas subidas de Gibbs por la izquierda, se asoció de maravilla con el checo. El balón llegó a los pies de Giroud en una posición perfecta. Pero entonces Cech se estiró para tapar todo el espacio posible y mandar el balón a córner. Era la segunda que tenía el francés. La primera la echó fuera después de un gran pase de Ramsey.

Y entonces llegó el final. Acabó un espectáculo que ofreció mucho menos de lo que anunciaba. Pero también se acabaron esos noventa minutos de respeto mutuo entre dos equipos que se saben rivales directos por el título. Unos noventa minutos llenos de lecturas y de matices muy diferentes, contradictorios en algunos casos. El Chelsea sigue vivo y acecha. El Arsenal, por supuesto, también.

lunes, 9 de diciembre de 2013

El Tottenham mola

Muy cuestionado, Villas-Boas tiene en sus manos una de las plantillas más talentosas de la Premier League. Lo único que le falta para sacarle todo el jugo es paciencia y un poco de suerte. Es el más capacitado para ejecutar este ilusionante proyecto que rebosa fútbol.


Hay equipos que brillan por su buen juego. También hay equipos que destacan por competir mejor que el resto, independientemente de los recursos de los que dispongan. Otros simplemente molan. Pero el término molar es amplio, y no todas sus connotaciones tienen porqué ser positivas. En el caso del Tottenham de Villas Boas, responde a un perfil muy concreto: tiene jugadores interesantísimos y muy talentosos, pero no termina de despegar a nivel competitivo. Simplemente, no obtiene resultados. Y eso, en un deporte tan desagradecido como el fútbol, pasa factura. Por mucho que moles.

Los Spurs salen a menos de un gol por partido. Trece tantos en catorce encuentros son un registro demasiado pobre para un equipo que, en teoría, este año aspiraba a todo. Pero estos números sacan aún más los colores de sus aficionados si lo comparamos con los máximos goleadores de la Premier. Luis Suárez, que se perdió las cinco primeras jornadas, lleva trece goles, los mismos que todo el Tottenham. El Kun Agüero, once.

Buena parte de culpa la tiene Soldado. El valenciano llegó a Londres como una estrella y el equipo de Daniel Levy pagó por el como tal, 30 millones de euros. Pero Soldado no ha acabado de adaptarse a la Premier. Aparece muy poco para tocar el balón y resulta casi intrascendente. Sus goles se cuentan con una mano y sobra un dedo: cuatro, tres de ellos desde el punto de penalti. A estas alturas, decir que no ha cumplido las expectativas se queda corto. Pero sin embargo es el máximo goleador del equipo, seguido por los tres goles del mediapunta islandés Gylfi Sigurdsson. Los otros delanteros centro de la plantilla, Defoe y Adebayor, aún no han estrenado su casillero en liga.

Otro caso que se podría tildar de expediente X es el de Erik Lamela. El mediapunta rosarino fue señalado por el club y por los analistas como el sustituto de Gareth Bale en el Tottenham. Por fútbol y por caché. Otros 30 millones de euros hicieron que cambiara Roma por Londres, pero quizá hoy se arrepienta. Y no sólo por el gran campeonato que están realizando sus excompañeros. Lamela no sólo no es indiscutible, sino que su volumen de minutos es de los más bajos de la plantilla. Ha disputado hasta la fecha seis partidos y un total de 239 minutos. Nadie en su entorno ni en el seno del club es capaz de dar una explicación lógica a este fenómeno.

A Villas-Boas se le acumulan los problemas en la gestión de su plantilla y, además, los resultados no terminan de llegar. El Tottenham es sexto con veinticuatro puntos, fuera de las plazas europeas, y está a diez del líder y eterno rival, el Arsenal. Algo inadmisible para un equipo que, si bien ha perdido a su máxima figura, ha invertido en su plantilla más de cien millones para paliar estos problemas.

El puesto del portugués peligra, pero si su equipo mola es por algo. Su plantilla rebosa talento y, unido al del propio Villas-Boas, terminará por explotar. Tarde o temprano, el nuevo Tottenham despegará y se asentará en la élite del fútbol inglés. Mimbres no le faltan.

El talento de Chiriches por bandera

En defensa destaca un jugador que esta temporada se está destapando para el gran público. Y es normal: probablemente estemos ante el mejor central del mundo en la actualidad. El rumano Vlad Chiriches llegó al Tottenham sin hacer demasiado ruido y por un precio relativamente bajo –9,5 millones de euros–. Le avalaba una temporada escandalosa en el Steaua de Bucarest, una de las grandes revelaciones de la pasada edición de la UEFA Europa League, que llegó a derrotar al Chelsea en Rumanía. Chiriches no sólo era el mejor jugador del Steaua, sino de toda Rumanía. Su lectura de las jugadas está a la altura de los mejores, lo que le permite robar multitud de balones por pura colocación. Esas cualidades hoy enamoran en la Premier League, quizá el mejor escaparate del mundo.

Al rumano no le ha hecho falta adaptación alguna, pero aún no ha podido mostrar su mejor virtud. Es finísimo técnicamente, grandioso en la salida de balón y sus arrancadas desde el eje de la zaga son muy peligrosas. Pero en el Tottenham no puede alejarse mucho de la retaguardia porque su pareja le penaliza demasiado. Dawson es un central clásico, sin alardes técnicos y que sufre demasiado a la espalda. Los Spurs cuentan con otro central de talla mundial, el belga Vertonghen, pero este debe desempeñarse en el lateral zurdo a falta de un especialista de garantías en esa posición. Una ligera descompensación de la plantilla que impide al Tottenham ser más de lo que es.

Villas-Boas y Paulinho

Otro jugador de fábula es Paulinho. El brasileño era la estrella del Corinthians campeón de la Libertadores y del Mundial de Clubes, y fue una de las piezas claves del Brasil que arrolló a España en la final de la Confederaciones. Literalmente engulló a Xavi e Iniesta con su vertiginoso fútbol de ida y vuelta. Pero hoy Paulinho está alejado de ese nivel que había mostrado hasta ahora. No es tan brillante cuando pisa área y su equipo lo nota. A pesar de ello, es el mejor futbolista del Tottenham en el centro del campo y vital para Villas-Boas, su gran valedor y el hombre que lo devolverá a su mejor nivel. Piensan, hablan y transmiten el mismo fútbol.

El Tottenham mola. Por plantilla y por entrenador. Ahora sólo falta que los resultados acompañen al equipo para que tanto los aficionados como, sobre todo, los directivos del equipo del barrio judío de Londres sigan teniendo paciencia con un proyecto diseñado a largo plazo. Las sensaciones son, en general, buenas y el talento está ahí. Sólo falta esa dosis de competitividad que es imposible ganar de otro modo que con el tiempo.

PabloG.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Sergio Ramos, primero futbolista

En medio de la tormenta desatada en torno a él, fútbol. Sergio Ramos sigue siendo futbolista. De los mejores del mundo en su puesto, para ser exactos. Hay pocos en el panorama internacional con su entrega y su garra. Quizá no siempre esté al mejor nivel y quizá a veces se exceda, pero nunca baja el ritmo ni la intensidad. Expulsiones como las del pasado miércoles lo condenan, pero pocos se fijan en lo que hay detrás: Sergio Ramos no esquiva responsabilidades nunca en el terreno de juego. Si se tiene que jugar la roja, se la juega, porque se siente líder y responsable de su equipo. Y eso es muy admirable.


En poco más de una semana, Ramos llegó a ocupar tres posiciones diferentes: mediocentro en el Camp Nou, central contra Sevilla y Rayo Vallecano, y lateral derecho en casa de la Juventus. Su desempeño fue desigual, pero la confianza de su entrenador para entregarle el puesto de mayor responsabilidad en los trascendentales duelos de Barcelona y Turín fue total. Resume muy bien lo que es este jugador que ejecuta con los pies lo que le nace en el corazón.
Sergio Ramos es, probablemente, el defensa más versátil del fútbol actual. Adaptable a varias posiciones, como ya hemos comentado antes, y defensivamente excelso. Su juego aéreo es una de sus armas más explotadas y más poderosas y le permiten cortar multitud de balones. El resto los recupera por pura colocación y un corazón que no le cabe en el pecho. Además es muy rápido. Eso le permite corregir los defectos de su compañero de baile en la zaga.

Pero ofensivamente también es un arma muy peligrosa. Saca el balón desde atrás con soltura y de manera exquisita, ya sea en corto y avanzando con el equipo o con un preciso envío en largo, donde también destaca, porque su pierna derecha es un una delicia. Por precisa y por potente. Líder atrás, sus avances causan pánico en el rival. Y es que no se puede olvidar que hubo un tiempo en el que Ramos vivió más en el ataque que en la defensa, prácticamente.

Corría el año 2008 y la selección española se alzaba campeona de Europa. Allí estaba Ramos, bebiendo de aquel fútbol de ensueño pegado a la banda derecha. Era un auténtico ciclón. Destrozaba a la defensa contraria apareciendo por sorpresa, cuando los sistemas diseñados por los seleccionadores contrarios eran incapaces de detectarlo. Y por eso fue un pilar muy importante, con 22 años, de un equipo mágico. Repitió actuación y éxito en 2010. Y se consolidó en la élite para después brillar como el central más completo del mundo.


Sergio Ramos es una pieza casi insustituible. No existe ningún futbolista en el planeta capaz de ocupar su posición con las mismas garantías que él y a la vez cubrir la misma cantidad de registros. Ha aprendido a lo largo de su carrera como moverse por el mundo del fútbol y ha logrado cambiar la imagen que tenía cuando salió de Sevilla a cambio de 27 millones de euros. Ahora se ve envuelto en un meollo que probablemente no le haga justicia, porque ante todo, es futbolista.

PabloG.

martes, 26 de noviembre de 2013

Mkhitaryan, pura adrenalina rockera

Para pronunciar correctamente su nombre hace falta un profundo conocimiento del idioma armenio. Sin embargo, su fútbol se entiende a simple vista: es de muchísimos quilates. Hoy decidió uno de los partidos más importantes de su vida. Si el BVB sigue vivo en la Liga de Campeones es, principalmente, por culpa de Henrikh Mkhitaryan. Voló sobre el césped del Westfalenstadion para hacer olvidar a los viejos ídolos de la afición borusser, esta vez de manera definitiva. No marcó y no asistió, pero vimos la mejor versión del exsoviético, que se asemejó muchísimo al futbolista que era en el Shakhtar Donetsk de Lucescu la temporada pasada.

Eso no es poca cosa. Partiendo desde la mediapunta, Mkhitaryan batió el récord de goles anotados por un mismo jugador en la liga ucraniana, con veinticinco goles. Pero además fue pieza clave en lo que era un claro candidato a ganar la Champions hasta que Williams se marchó al Anzhi en el mercado invernal. Mkhitaryan pudo elegir entre un ramillete de los mejores clubes del mundo en verano, pero se decantó por el Dortmund. Klopp lo esperaba con los brazos abiertos después de desembolsar 27,5 millones de euros por él, el fichaje más caro de la historia del club de la Cuenca del Ruhr. La intención estaba clara y la apuesta era fuerte: el BVB se entregaba al contragolpe. Hoy se ha visto que era caballo ganador.

El armenio hace mejor a todos los futbolistas que se encuentran a su alrededor, siempre y cuando el ritmo del partido sea muy alto. A gran velocidad se transforma y desafía a la lógica y casi a la física: se vuelve más preciso y más letal. Y todo, a pesar de no ser un jugador excesivamente rápido. Pero su conducción le hace superior al resto. La lleva cosida al pie, de tal forma que puede cambiar de ritmo y de dirección con facilidad sin riesgo de perder el balón. Eso con auténticas balas a su lado como Kuba, Reus, Lewandowski o Aubameyang es un arma poderosísima que Klopp explota a la perfección. El BVB parece una versión mejorada del primer Chelsea de Mourinho. Este volaba por tres pasillos sobre el césped, los subcampeones de la Champions lo hacen por cuatro. Y el de Mkhitaryan, siempre contiguo al delantero, es el más importante. Es el que inicia la jugada, el que da la ventaja estratégica y, muchas veces, el mejor para definir la jugada.

En las antípodas de Götze

Klopp fichó a Mkhitaryan aún a sabiendas de que su equipo perdería mucho brillo en el ataque posicional. No se parece lo más mínimo a Mario Götze; no es un jugador tan brillante en el pase como para meter al equipo contrario en el campo rival. Pero en el fondo merecía la pena. Nada casaba mejor con el “rock and roll” que le gusta proponer sobre el césped al preparador alemán. Ese estilo que obliga al rival a buscarte arriba por culpa del vaivén constante de ocasiones en los que se transforman los partidos, beneficia considerablemente a Mkhitaryan y otorga al juego del Borussia Dortmund muchas más posibilidades de las que aparentemente podría tener. El partido contra el Napoli ha sido un ejemplo muy claro: lo ha obligado a dejar espacios aglutinando a muchos hombres en ataque, siempre liderados por Mkhitaryan.


Mkhitaryan se pronuncia Mikitarian, con la sílaba tónica en la primera a. Juega de escándalo y tiene a su equipo a un paso de la siguiente ronda. Su fútbol recuerda al célebre Highway to hell de ACDC por calidad e intensidad, y si uno lo mira fijamente a los ojos puede ver ese rastro de locura tan característico de Klopp, aunque su apariencia sea la más tranquila del mundo. Es un diablo en el campo, un arma mortífera al espacio y uno de los mejores jugadores del mundo. Por primera vez hoy fue de amarillo lo que era de negro y naranja, y el fútbol lo agradece. Necesita su adrenalina.

PabloG.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Y Götze bailó en el infierno

El Bayern de Múnich pasó por encima de un BVB mermado por las bajas (0-3) y dejó a su rival a siete puntos de diferencia en la tabla. Una exhibición de Robben permitió la goleada iniciada por un gol de Götze. El niño prodigio incendió los sueños de los que antes lo amaban.

En alemán, la palabra götze significa ídolo. Eso era Mario hasta mayo en el Westfalenstadion, ahora es el más cruel de los villanos. Y por sí no acumulaba suficiente odio en torno a su persona, anotó el tanto que desató la goleada del Bayern. Un gesto de “yo no tengo la culpa” sustituyó a la celebración rabiosa que le quemaba por dentro y sirvió para enmudecer a uno de los estadios más vibrantes del mundo. El muro amarillo fue derribado desde dentro, con pólvora fabricada en Dortmund y con un sabor amargo a lo que ayer brillaba de negro y oro.

A Mario Götze sólo le hicieron falta diez minutos para desencasquillar el partido. Cuando recibió en el área no se lo pensó: un punterazo para meterla en la jaula que defendía Weidenfeller. Pero durante esos segundos, pasaron por su mente todos sus recuerdos de ese templo llamado Westfalenstadion. Los grandes triunfos, las grandes derrotas, las lágrimas derramadas por alegría, tristeza y nervios. Su debut. Hoy le tocó la parte más amarga. Vivió uno de los momentos más desagradables de su vida cuando su nombre fue mencionado por la megafonía y pisó de nuevo aquel césped mágico. Una jauría de 80.000 lobos que antes lo adoraban silbó y abucheó hasta la extenuación. El resultado fue la imagen más angustiosa que se ha visto en mucho tiempo en un estadio de fútbol. Pero Götze decidió el partido. Bailó sobre un césped que le quemaba los pies.

El primer gol del Bayern fue una ayuda recíproca entre Götze y Guardiola. Al primero le sirvió para aliviarse y al segundo para confirmar que había dado en la tecla. La entrada del alemán, junto a la reaparición de Thiago, fue un brusco giro de volante en el planteamiento del de Santpedor. Al comienzo del duelo, los encargados de fabricar los goles eran Mandzukic y un Javi Martínez más adelantado que nunca desde que está en Alemania, como en los viejos tiempos, casi de mediapunta. El Bayern dominaba pero se atascaba ante un Dortmund que lo frenaba por pura intuición: el camino al gol era demasiado simple. Guardiola miró al banquillo y cedió la responsabilidad a Götze, centró a Robben, adelantó a Kroos, le puso por detrás a Thiago y colocó a Javi de central. El resultado fue un incontestable jaque mate. Klopp, que jugaba con las negras, no fue capaz de evitar que el Bayern ganara la partida.

El partido dejó muy claro que las numerosas bajas que presentaba –y presentará durante varias jornadas– el BVB, sumado al gran y brillante fondo de armario que acumula el Bayern en su plantilla, son un desequilibrio demasiado fuerte para la Bundesliga. Salvo sorpresa, parece sentenciada.

Buena parte de culpa la tiene Robben, verdugo de Wembley, que hoy volvió a sacar su hacha a pasear. Autor del segundo gol bávaro e ingeniero de la vertiginosa jugada del tercero. Está al nivel de los mejores del mundo. Su juego, puramente vertical, se vio gráficamente definido en los prolegómenos de su tanto. Thiago lo activó con un magistral pase en largo cuando el BVB se descomponía y él no tardo ni cinco segundos en plantarse ante Weidenfeller para batirlo con una suave vaselina que a punto estuvo de tocar Götze. Después, un eslalon de los que tanto le gustan sirvieron para que le dejara en bandeja a Lahm la asistencia para Müller. 0-3 y una liga rota.

Un delantero brutal

Pero no todo fue negativo para el Borussia Dortmund, que ya es tercero en la tabla a siete puntos del Bayern. Demostró que tiene en sus filas al mejor delantero del mundo, que se llama Robert y se apellida Lewandowski. El polaco dio una auténtica exhibición de cómo un delantero puede hacer un partido brillante sin marcar goles. La defensa bávara, que le pegó de principio a fin, soñará con él. Fue un tormento, capaz de ganar cualquier balón que se propusiese. Por el centro o en la bandas, cada vez que sus compañeros le buscaban, lo encontraron. Y si no marcó fue porque tenía la pólvora mojada, quizá de sudor por tanto esfuerzo y tanta lucha.

También hay que señalar que Lewandowski acaba su contrato con el BVB en junio, que no va a renovarlo y que puede haber sido su último gran duelo alemán en el Westfalenstadion. Quizá la próxima temporada lo juegue vestido de rojo. Es el inicio de una nueva era para un Bayern candidato a todo de nuevo y que no tiene miramientos con la entidad de su rival a la hora de aplastarlo. Y Götze sonríe: por eso dejó su casa rumbo a Múnich.

PabloG.

viernes, 22 de noviembre de 2013

La antigua casa de Götze será un infierno

Seis meses después de la final de la Champions y ya sin experimentos veraniegos de por medio como en la Supercopa alemana, Borussia Dortmund y Bayern de Múnich se vuelven a enfrentar. Es el partido del año en Alemania: Klopp contra Guardiola, y, sobre todo, el regreso de Mario Götze al Westfalenstadion.

El fichaje estrella del Bayern durante el pasado verano vivirá una situación muy desagradable: verá como la que antes era su casa se transforma en un infierno para él. Su traspaso al gigante bávaro no respondía únicamente a criterios futbolísticos. Significaba arrancarle las entrañas al gran competidor. Götze era la esencia del fantástico proyecto del Borussia Dortmund. En el club desde los 9 años, su manera de entender el juego era la tecla clave que Klopp pulsaba para hacer del BVB un equipo campeón. Los aurinegros le dieron todo lo que necesitaba: un sueldo de estrella y un gran equipo formado en torno a él.

Sin embargo, cuando el proyecto deportivo del Dortmund llegaba a un punto de no retorno al alcanzar la final de la Champions, Mario dijo hasta luego. Hasta luego al proyecto más ilusionante que se ha visto en los últimos años en el fútbol mundial, hasta luego al crecimiento paciente y desmesurado del club, hasta luego a una manera única de entender el fútbol, hasta luego al vencer con el espectáculo siempre por delante. Su antigua afición, sin embargo, le dijo adiós. Se sintió traicionado por el que sentían como su niño. Era presente, pero sobre todo futuro, un futuro brillantísimo ligado a títulos y reconocimientos. Götze no supo agradecer el trato que el Borussia Dortmund le dispensó y su afición no lo olvida.

Tampoco Klopp, descubridor y pulidor del diamante que se escondía en esa mina que es la cantera del equipo de la Cuenca del Ruhr. Era su piedra angular, pero ha logrado pasar página. La culpa la ha tenido un armenio de nombre impronunciable y calidad para aburrir. Se llama Henrikh Mkhitaryan y ha elevado el juego del BVB a otro nivel. Adiós pausa, hola vértigo. Y hola, vértigo al cuadrado. Su llegada, junto a la de Aubameyang, han convertido al Dortmund en la fantasía más oscura de Klopp: un equipo golpeador, contragolpeador y recontragolpeador. Las ocasiones se suceden en ambas áreas, el espectáculo es una constante y su equipo casi siempre sale victorioso. Todo perfecto.

Todo excepto las lesiones, que esta temporada se han cebado con ellos. Hummels, Schmelzer, Gündogan y Subotic –lesionado hasta final de temporada– se perderán el trascendental duelo y Piszczek llegará muy justo. Esto trastoca bastante los planes del bueno de Jürgen, que tendrá que ser más ingenioso que nunca para formar un once competitivo si no quiere despedirse de la liga en noviembre.

Un Bayern mermado, pero made in Guardiola

No puede hablar muy alto el Bayern, que tiene en la enfermería a dos de sus mayores estrellas: Schweinsteiger y Ribèry. El francés, después de participar en la épica clasificación de Francia para el Mundial, llegó con una costilla rota y será baja. Una ocasión irrepetible para que dos futbolistas españoles den un paso al frente y se echen el equipo a los hombros. Javi Martínez y Thiago Alcántara tendrán vía libre para exhibir su calidad en un escenario inmejorable. Una victoria del Bayern de Múnich en el Westfalenstadion daría un golpe importante a la Bundesliga. Situaría al vigente campeón de Europa siete puntos por encima de su inmediato perseguidor, una ventaja considerable a estas alturas de campeonato.

A los mandos de la nave un Guardiola que por fin ha conseguido acoplar lo mejor del fútbol alemán a su filosofía. Su Bayern es una cosa totalmente distinta al que se vio la temporada pasada con Heynckes, pero igual de apabullante. Golea, arrolla, enamora y sigue en ascenso. Todavía no se ha visto su mejor versión, a pesar de todo. Aún no se han amoldado completamente las piezas de su puzle, que se han visto obligadas en muchos casos a reinventar su posición y casi su fútbol. ¿Y Götze? También se encuentra todavía en un proceso de adaptación a su nueva vida. Necesita dar un gran golpe que lo consagre como una estrella más dentro de este fulgurante Bayern. Quién sabe si se producirá ante los que un día soñaron con dominar Europa a su lado.

PabloG.

jueves, 14 de noviembre de 2013

La epopeya de Zanetti

Por el Giuseppe Meazza han pasado todo tipo de futbolistas. Desde los que derrochaban magia en cada uno de sus gestos, como Ronaldo o Luis Suárez, hasta los que pasaron sin pena ni gloria, como Matthias Sammer, pasando por esos futbolistas pasionales y rebeldes –con o sin causa– que tanto gustan a la afición, como Vieri, Eto’o o Ibrahimovic. Son muchas las historias que podría contar ese monstruo, fabricado en hormigón y adornado con el color verde del césped, si un día de repente alzara su voz. Infinitas, pero ninguna tan bonita como la de Javier Zanetti, la leyenda más grande de la historia del Inter de Milán.

Y de entre todas las que se pueden contar sobre el Pupi, probablemente esta sea la más bella. El 28 de abril de 2013, el Inter jugaba en el Renzo Barbera de Palermo un importante partido. Era un Inter deslucido, alejado de la cabeza de la clasificación y del foco mediático, inmerso en una profunda crisis deportiva e institucional. Zanetti, cómo no, estaría en el campo, esta vez como mediocentro. No sabía lo que se le venía encima: al cuarto de hora aproximadamente, tuvo que abandonar el terreno de juego en camilla. Fue un mal apoyo de su pie izquierdo en una jugada desafortunada. Sus desesperados gritos y sus lágrimas conmovieron al mundo. Con 39 años, ocho meses y dieciocho días, Zanetti se rompió el talón de Aquiles.

Esa misma noche, el capitán del Inter tenía prevista una cena en Palermo organizada por su fundación PUPI, centrada en garantizar el desarrollo de los niños más desfavorecidos. Tuvo que ser cancelada. Tras pasar por el hospital y confirmar sus peores pronósticos, estaba roto, hundido. Las lágrimas brotaban sin descanso de sus ojos. La carrera del futbolista que más veces ha defendido la camiseta del Inter pendía de un hilo.

Cuentan los jugadores que se sorprendieron al ver así a su líder. Sobre todo porque siempre fue un hombre positivo y enérgico. Lo pudo demostrar pocas horas después: "Mi objetivo es volver más fuerte que antes. Tengo fe en esto. Parece que tenía que cambiar los neumáticos después de tantos kilómetros... Me sabe mal teniendo en cuenta cómo ha ido la temporada", sentenció en tono profético en la web del club.

Volver a ponerse en pie

La operación fue satisfactoria y comenzó la lucha de Zanetti por volver a sentirse futbolista. Durante este camino, nunca se despegó del fútbol. Estuvo presente en cada entrenamiento del equipo, conversando con sus compañeros y con el cuerpo técnico, animándolos él a ellos casi más que ellos a él. Quería hacerlo desde el césped, pero sabía que no podía. Eso le permitió comprobar cómo sería su carrera una vez que diera un paso al lado para dejar sitio a los más jóvenes, y comprobó que no le desagradaría seguir formando parte del espectáculo pero de otra forma. Quizá como directivo. De cualquier modo, tendría tiempo para madurar la idea: ese no era el momento de pensar en la retirada.

Siempre fue un hombre tranquilo y cercano. Humilde, pero de los de verdad. Y fiel. En el deporte, pues desde la temporada 1995/96 y tras 846 partidos sigue formando parte del Inter; y en la vida, que comparte desde los diecinueve años con su esposa Paula de la Fuente. Su dorsal también es un signo de fidelidad: juega con el ‘4’, un número tradicionalmente ligado en su Argentina natal a la posición de lateral derecho, la que ha desempeñado a lo largo de su carrera con más asiduidad.

La recuperación continuaba su proceso. Las charlas con la gente del club se combinaban con duras sesiones de trabajo con los fisioterapeutas. El 10 de agosto cumplió 40 años. Y no descansó. Tenía entre ceja y ceja reaparecer cuanto antes. En principio, todavía le quedaban por delante tres meses de los ocho previstos inicialmente para su completa rehabilitación.

El 17 de octubre, Zanetti volvió a los entrenamientos. Y toda la afición del Inter se llenó de orgullo. Su vuelta al trabajo, bastante antes de lo previsto, dejó muy claro su compromiso con el fútbol y con el Internazionale de Milán. También dejó muy claro que, a sus 40 años seguía siendo una bestia físicamente hablando, fruto de una alimentación y una ética de trabajo intachables. Y que tiene una mentalidad de hierro. Otros se hubieran rendido, Zanetti no conoce esa palabra.

Un deportista sobrehumano

Por fin, el pasado fin de semana, el sábado 9 de noviembre de 2013, Zanetti regresó a los terrenos de juego. En el minuto 82, entró sustituyendo a Taider, que apenas tenía tres años cuando se oficializó el fichaje del Pupi por el Inter. El Giuseppe Meazza se puso en pie y rompió a gritar y a aplaudir. Hasta Massimo Moratti, que cuenta sus horas como máximo accionista del club, se levantó de su asiento. Una merecidísima ovación y doce minutos de juego para dignificar una carrera.


Javier Zanetti volvió a sentirse futbolista 195 días después de producirse la lesión más grave de su carrera, la única seria. Con 40 años, regresó en poco más de seis meses de una lesión que inicialmente lo tendría fuera del campo ocho. Kobe Bryant, que corrió su misma suerte tan sólo unas pocas semanas antes, aún no tiene fecha para reaparecer. Somos testigos de las hazañas de un deportista sobrehumano. Y ojalá que podamos seguir siéndolo durante muchos años más.

PabloG.

domingo, 10 de noviembre de 2013

La metamorfosis del Arsenal

Una nueva era comienza en el Emirates Stadium. Atrás queda el pasado, y enfrente, sólo hay un futuro brillante. El Arsenal ha disparado la intensidad de su juego y han dejado de ser ese equipo inocente que juega muy bien para ser una máquina competitiva con el balón en los pies.


Ocho años sin ganar un título no son nada. No lo son porque eso ya forma parte del pasado. El día 31 de agosto de 2013, el Arsenal comenzó una nueva etapa y se despojó de su pasado. De las cosas malas, pero también de las buenas, porque estas le apretaban la garganta incluso más que las otras. Ficharon a Özil por cuarenta y cinco millones de euros, récord en la historia del club, pero eso sólo fue un pequeño paso en la revolución que se avecinaba. Ahora el Arsenal no es sólo un equipo alegre, atractivo y que juega muy bien al fútbol; también son muy serios.

Lo más normal es que esta temporada el Arsenal tampoco gane nada. Aunque la mejoría competitiva del equipo es evidente, aún falta ensamblar correctamente las piezas y reforzar algunas posiciones problemáticas. Y todo ello a pesar de que la Premier League sufre un trastorno bipolar que tiene a Chelsea, Manchester United, City y Tottenham por detrás de Southampton, Liverpool y el propio Arsenal. El año I puede ser un año en blanco. El aficionado gunner es consciente de ello, pero está tranquilo. Ya no se enfada por las derrotas, ya no llora por los fracasos. Ahora mira al campo y sí, se le iluminan los ojos, pero esta vez de ilusión.

El Arsenal ha cambiado de mentalidad, y aunque ha dejado su pasado atrás para mirar hacia un nuevo futuro, este cambio lo representan tres viejos conocidos de la grada del Emirates Stadium: Ramsey, Flamini y Giroud. A lomos de estos tres guerreros cabalga la idea de Wenger.

El fútbol de Ramsey sabe a café de Starbucks y suena como una canción de Coldplay. Y es esa mezcla entre lo comercial y la calidad lo que le hace tan bueno, tan diferente al resto, tan exclusivo. Lo riega con una agresividad impropia de un futbolista de su talento: por el equipo se llena de barro hasta las rodillas. No en vano es uno de los que más balones roba de toda la Premier. Y de los que más marca, once goles y cinco asistencias en dieciocho partidos entre todas las competiciones. Nada mal para ser centrocampista. Era el empujoncito final, lo que le faltaba a un futbolista que ha sufrido tanto en este deporte para llegar a la élite. Todo gracias a su intensidad.

Flamini, sin embargo, es otra cosa totalmente distinta. Es un tipo normal y corriente. De estos que te cruzas veinte por el camino si das un paseo no necesariamente largo por tu ciudad. Su aspecto desaliñado sobre el verde lo delata: no es futbolista. Lo que ocurre es que se mete tanto en su papel que el público y él mismo terminan por creérselo. Ni es muy alto, ni es muy rápido, ni es muy fuerte, ni es muy técnico. Y sin embargo es imprescindible, porque su entrega no tiene límites. Aparece en todos sitios y siempre que aparece lo hace bien. Y además manda, manda muchísimo en el campo. Quizá el hecho de no ser futbolista le da esa ascendencia, como el señor de la grada que recrimina a su equipo cuando las cosas no salen.

Y luego está Giroud, que vive el momento más dulce de su carrera. En cada balón que toca, transmite una superioridad aplastante sobre sus marcadores. Un toque de cara, un control imposible. Basta con un leve contacto del balón con su bota para saber que es ante algo muy grande. Durante mucho tiempo se le dijo lo más cruel que se puede decir a un atacante: que era más futbolista que delantero. Y tenían razón, porque su calidad no se veía recompensada con goles. Lo que pasa es que ahora Giroud está aprendiendo a ser también delantero, y casi todo lo que toca acaba en gol, ya se propio o de alguno de sus compañeros. Se ha convertido en uno de los mejores socios de la liga y ha elevado el nivel del Arsenal a otra dimensión.

El Arsenal representa el desorden ofensivo y todas las emociones del fútbol, porque las sienten de verdad cuando saltan al campo sus jugadores. Su cambio ha sido tan brusco y tan ilusionante que asusta. Incluso cuando pierden, cuando son superados con claridad y no son capaces de ser ellos mismos, son capaces de ganar un partido. Como el de Dortmund. O tienen serias opciones de ganarlo. Como el de ayer en Old Trafford. Algo está cambiando en el Islington, y tiene una pinta fantástica. Los aficionados gunners lucen orgullosos sus colores y su escudo. Como siempre, pero ahora con más motivo. Ahora van muy en serio.

PabloG.

martes, 22 de octubre de 2013

Messi, un gigante en cuerpo enano

En un partido en el que el Barcelona continuó viviendo el síndrome de Pamplona, sólo la luz que aportó Messi –ni muchísimo menos a su mejor nivel– le permitió seguir en el partido. Sin espacios, el argentino hizo un gol y regaló varios balones de ensueño. Es increíble.


Por momentos, el aficionado culé que puso el Milan-Barça en la pantalla de su televisor tuvo miedo de que los que iban de rayas negras y rojas fuesen los jugadores de Osasuna disfrazados. Después descubrieron que no, que esto era mucho peor: estos eran italianos. Con el paso de los minutos, el Milan se iba cerrando cada vez más, para no dejar solo al pobre Amelia. Y para no dejar ni un huequecito al Barça, que necesita muy poco para fabricar un gol. Porque aparte de los Iniesta, Xavi, Neymar y compañía, tiene a Messi.

Al argentino le importa muy poco la táctica o la técnica del equipo rival, él sólo conoce del balón porque con él es el mejor. No está a su mejor nivel, porque últimamente las lesiones se han cebado con él como en los viejos tiempos. Pero aun así sigue siendo el más determinante, decisivo para el devenir del partido. Hoy aprovechó un error del Milan y un acierto de Iniesta para hacer un gol que pocos hubieran logrado. No había espacio y si dos gigantes que chocaron con él, pero consiguió mantener la verticalidad, armar la pierna y darle al Barcelona un poco más de tranquilidad.

Lo que hace Messi parece simple pero no lo es. Resiste cualquier tipo de impacto con una armadura que, en teoría, no está preparada para ello. Con 1, 69 metros de altura y 67 kilogramos de peso, Messi es imparable. Primero porque lleva la pelota siempre pegada al pie; después, porque sus piernas son tan fuertes que lo mantienen siempre arriba, sin importar la dureza del impacto o la envergadura del que impacta. Es algo sobrenatural. Hay muchos jugadores con esa extraña habilidad hoy en día: Agüero, Isco, Wilshere, Ribèry… pero ninguno le saca tanto partido como la Pulga.

Pero Messi no sólo marca goles y resiste contactos incluso cuando su estado físico no es óptimo. También sigue siendo bueno en lo que desde pequeñito fue su mejor virtud: ver la rendija que nadie más es capaz de percibir. Así estuvo a punto de llegar el desempate, pero Adriano falló en el último instante. Y es que Messi no sólo remata los partidos con pinceladas magistrales; su dibujo de las jugadas es académico.

Sus habilidades y su juego son únicos y es un privilegio ver jugar a este futbolista, porque es irrepetible. Ahora es el tiempo de Messi, como en su momento lo fue de Cruyff, de Maradona, de Beckenbauer, de Di Stéfano o de Pelé. Lo que hace sobre el césped es magia, pura fantasía al servicio del fútbol. Y nuestros ojos son testigos de algo tan inmenso que se escapa a las palabras.

Todo ello lo hizo enmarcado dentro de una tela de araña roja y negra, a años luz de su mejor nivel físico y en uno de los campos más complicados del mundo. Todo, en un partido en el que el Barça fue menos Barça que nunca. Leo, ¿hasta dónde eres capaz de llegar?

PabloG.

La Juve, un monstruo dormido

Hubo un tiempo en el que la liga italiana estuvo dominada por el equipo menos italiano de todos. La Juventus que diseñó Conte era un equipo excelso: dominaba a través del balón con claridad y aportaba ese puntito de superioridad física cuando era necesario. Pero sobre todo, tenía una capacidad extraordinaria para competir. Y ganar.


Conte estructuró su equipo a partir de ese 3-5-2 que permaneció inmutable desde su implantación: funcionó de maravilla. Confió en una idea y en unos hombres que repetían una y otra vez en la alineación titular, unos futbolistas que asimilaron la idea y la elevaron a su máxima potencia. Ahora, con la llegada de otro animal competitivo como Tévez, el mejor once posible de la Juve es el siguiente: Buffon; Barzagli, Bonucci, Chiellini; Lichtsteiner, Vidal, Pirlo, Marchisio, Asamoah; Tévez y Vucinic. Tres centrales que además de defender bien saben iniciar la jugada desde atrás, dos carrileros profundos y peligrosos, dos interiores de ida y vuelta y unos puntas asociativos, solidarios y con gol. Y Pirlo, claro.

¿Por qué hablar en pasado de un equipo tan brillante? Porque esta temporada no termina de carburar. Domina, aunque sin la misma suficiencia que antes, y de repente se atasca y se va del partido. Donde mejor se vio fue en el partido del pasado fin de semana contra la Fiorentina. Hasta el minuto sesenta, los bianconeri dominaban el balón y el partido. Pero era un dominio estéril, más allá de sus dos goles de ventaja. Poco ritmo, pocas dudas en el equipo rival y un dominio más táctico que técnico. Ese es el principal problema de la Juve este año: su circulación de balón es demasiado lenta. Tanto, que no consigue sorprender al rival. Y en un cuarto de hora, ¡plof!, cuatro goles en contra y tres puntos que parecían asegurados se esfuman.

La del Artemio Franchi fue la derrota más dura de la era Conte y el equipo llega al Bernabéu con el ánimo por los suelos. Pero cuidado: nunca se puede dar por muerto a un equipo que ha sido capaz de revolucionar el calcio y dominarlo con un estilo diametralmente diferente al que se venía viendo en los últimos años. Estas son las claves del juego de la Juve:

La importancia de los centrales

En la idea de Conte la línea defensiva cobra una importancia capital. No en vano, hasta que no introdujo a tres hombres en la línea defensiva, su equipo no adquirió la libertad de movimientos que lo convirtió en una máquina de sorpresas continuas para el rival.

Barzagli, Bonucci y Chiellini juegan muy adelantados. Tanto, que en muchas jugadas envuelven a Pirlo y se colocan a su altura. Esto permite una salida de balón eficaz y limpia, fuente inagotable de ocasiones y dominio del partido. En corto, el que lidera la salida es Chiellini, pero si el plan falla, recurren al guante en la bota de Bonucci. El número ‘19’ juega en el centro y más retrasado que sus dos compañeros, por lo que tiene más tiempo para armar la pierna en busca de un pase largo que casi siempre llega al lugar deseado. En el partido frente a la Lazio, repartió dos asistencias de gol desde más de 40 metros de este modo. Arma peligrosísima y muy a tener en cuenta.

Además, en defensa es un factor importante que jueguen tan arriba: suelen abandonar su posición para ayudar a los mediocentros en la recuperación del balón. Pero que esta posición tan adelantada de la línea defensiva tiene también un gran inconveniente. Cualquier error en un pase deja al equipo al descubierto. Esto convierte a los bianconeri en un equipo frágil al contragolpe, algo que el Real Madrid puede aprovechar de maravilla.

Pirlo, la virtud y el defecto

Un factor marcó las diferencias entre la Juve y el resto: el fichaje de Pirlo permitió a Conte articular el equipo a su alrededor y darle libertad sobre el césped. La Vecchia Signora jugó bien y ganó dos Scudettos y Pirlo se consagró como el enorme futbolista que es. Pero también se creó una dependencia de su fútbol para el buen funcionamiento del equipo. Una dependencia que, ahora que Pirlo afronta el final de su carrera, comienza a preocupar, porque no se le encuentra solución.


No es casualidad que el mejor partido de la temporada de la Juventus haya coincidido con el mejor partido de Pirlo. La Lazio le dejó campar a sus anchas por el centro del campo y el resultado final fue de 4-1. Su visión de juego y su talento siguen intactos, a pesar de los años. Pero los problemas comienzan cuando los equipos enciman a Pirlo. Entonces, la Juve debe buscar otra vía para iniciar la jugada con la que no se siente cómoda.

Tener a Pirlo como hombre más retrasado implica poner a su lado a dos mediocentros fuertes que le tapen las carencias defensivas. Ese, además de aparecer constantemente en el área, es el papel de Vidal y Marchisio, jugadores de mucho corazón y poderío que, sin embargo, no reúnen las cualidades necesarias para iniciar las jugadas de ataque cuando Pirlo no puede.

Sin Lichtsteiner, la Juve respira con un pulmón menos

En los años 70, Brasil revolucionó el fútbol alterando una de sus posiciones tradicionales. Transformó al clásico defensor lateral en una peligrosa arma ofensiva que llegaba hasta la línea de fondo cuando nadie lo esperaba y la llamó carrilero. Ahora, en el siglo XXI, muchos equipos beben de esta idea, pero pocos tienen hombres capaces de desarrollarla a la perfección. Lichtsteiner es el que mejor lo hace del mundo. El suizo defiende como un lateral, se asocia como un interior y ataca como un extremo. Además, su capacidad de sacrificio es imprescindible para hacer lo que Conte exige a sus hombres de banda asfixiar al rival con la ayuda de los mediocentros y obligarlo a entrar por el centro.

Lichtsteiner, junto a Vidal es el hombre más importante de la Juventus, Pirlo aparte. El problema es que el ex de la Lazio no estará en el Bernabéu salvo sorpresa de ultimísima hora y la Vecchia Signora no tiene a ningún futbolista capaz de relevarlo en sus funciones con las mismas garantías. Una baja sensibilísima.


Variedad en la delantera

Los fichajes de Carlos Tévez y Fernando Llorente han dado a la Juventus multitud de posibilidades y matices en la punta del ataque. Ahora, a los goles de Quagliarella y al tremendo talento de Vucinic se une la pelea de Tévez y el juego de espaldas de Llorente. Es interesante, sobre todo, la variante del riojano, que rompe con la armonía de jugadores de movilidad del equipo: cuando está en el campo, su cometido es bajar los balones que le llegan de los pies de Bonucci o Pirlo y dejarlo en condiciones óptimas para que Vidal o Marchisio puedan sorprender con sus llegadas.

Pero, independientemente de quién juegue, la labor que desempeñan los delanteros en defensa es vital para el buen funcionamiento del bloque. Son los que inician la presión altísima y escalonada que propone la Juve y que le permite envolver a su rival.

En el Bernabéu, la Juventus se enfrenta al reto más grande desde su renacer como gran potencia futbolística de Italia. Debe ganar para no descolgarse en un grupo aparentemente sencillo, pero sobre todo debe recuperar las sensaciones perdidas en este inicio de curso. El potencial es igual o mayor que el año pasado. Simplemente están dormidos.

PabloG.

jueves, 17 de octubre de 2013

El resurgir de Bosnia

La tierra que la locura nacionalista del ser humano devastó está hoy de fiesta. Bosnia-Herzegovina, cuya sociedad y cultura vuelven a florecer sobre la hierba quemada, estará en la primera cita mundialista de su historia. Tras el horror, la barbarie, 100.000 muertos y casi 2 millones de desplazados, sólo fútbol y alegría.


Cuando uno habla de Bosnia-Herzegovina, lo primero que se le viene a la cabeza son guerras, masacres y genocidios. Lo que ocurrió allí durante la primera mitad de la década de los 90 fue algo tan atroz que ha quedado en el subconsciente de las personas para siempre. Se enfrentaron en combates fratricidas las cuatro etnias y las tres comunidades religiosas que daban a Bosnia una riqueza cultural envidiable. Serbios ortodoxos, croatas católicos y bosnios musulmanes no tuvieron piedad entre ellos. Que la Biblioteca Nacional de Sarajevo fuese devastada por las llamas era un angustioso símbolo de que la razón había pasado a un segundo plano: sólo importaba pasar por encima de ese enemigo que antes era hermano.

Uno de los episodios más monstruosos de toda la guerra tuvo lugar en la región de Srebrenica. Allí, el Ejército de la República de Srpska (o Ejército de los serbios de Bosnia), dirigido por Ratko Mladić, y el grupo paramilitar de “Los Escorpiones” llevaron a cabo una limpieza étnica en la que murieron más de 8.000 bosnios de religión musulmana. En el genocidio de Srebrenica también fueron fusilados niños, mujeres y ancianos, a pesar de que el objetivo inicial era eliminar únicamente a los hombres de la zona. Todo ello en nombre del nacionalismo serbio. Srebrenica es una de las heridas más profundas las Guerras Yugoslavas. Una herida que ni siquiera hoy en día, veinte años después, ha logrado cicatrizar.

Sarajevo jamás volverá a ser lo que fue hasta 1992. Aquella ciudad cosmopolita en la que coexistían de forma pacífica las comunidades católicas, ortodoxas, musulmanas y judías. La visualización de sus respectivos templos perfectamente integrados en el paisaje de la ciudad llenaba de paz y tranquilidad a la ingente cantidad de turistas que visitaba cada año la capital bosnia. Ahora que el terror ya se ha esfumado de esa bella tierra, Sarajevo, y Bosnia en general, quieren recuperar la esencia que el odio humano les arrebató. Una empresa complicada y constantemente zancadilleada por unas instituciones profundamente marcadas por la tragedia que sacudió al país. Por eso nunca volverá a ser lo que fue; porque aunque su gente quiere y consigue pasar página, su Estado se empeña en seguir estancado en el pasado.

Es curioso: cuando uno piensa en Bosnia, piensa en guerras, masacres y genocidios, pero no piensa en fútbol.

Bosnia logró ayer la clasificación para el primer mundial de su historia con una fantástica generación de futbolistas. Los Spahić, Misimović, Pjanić, Džeko o Ibisević serán recordados para siempre como héroes. Liderados desde el banquillo por Safet Sušić, certificaron su clasificación para Brasil gracias a una gran jugada del ‘10’ del Manchester City rematada en boca de gol por el delantero del Stuttgart. Se clasificaron como primeros de grupo después de alcanzar los 25 puntos, los mismos que Grecia, aunque con un gol más a su favor.

El fútbol, reflejo del cambio

En los últimos años, el progreso del fútbol bosnio ha sido meteórico. Tras una dura transición después de la desintegración de Yugoslavia y, por consiguiente, de su selección, los bosnios han encontrado por fin su identidad. Una identidad que, curiosamente, no se encuentra muy alejada de lo que mostraba cita tras cita la selección plavi: talento a raudales y mucho corazón sobre el césped, pero muy poca organización. Sin embargo –o por eso, más bien– se han convertido en el combinado nacional más potente de los Balcanes.

Los once elegidos para escribir con letras de oro el nombre de Bosnia-Herzegovina en la historia del fútbol fueron: Begović; Vršajević, Bičakčić, Spahić, Salihović; Pjanić, Medunjanin, Misimović, Lulić; Ibišević y Džeko. Dos datos hablan con claridad de lo que ha sufrido el pueblo bosnio: ocho de estos futbolistas se criaron fuera de las fronteras del país; de los once, sólo Misimović no es hijo de movilizados por la guerra.

Pero también es el reflejo de lo que está ocurriendo en un territorio que mira al futuro con optimismo. Bosnia, como el ave fénix, está renaciendo de sus cenizas, y que su selección de fútbol esté presente en la primera cita mundialista de su historia no es más que un reflejo de que las cosas se están haciendo bien. La explosión de júbilo que ayer comenzó en Kaunas con un gol de Ibisević y que se extendió por todo el territorio bosnio es un argumento más para solidificar una nación que quiere ser plural, abierta y, ante todo, digna.

Bosnia estará en Brasil y el fútbol sonríe. Sigue tirando barreras.

PabloG.

martes, 15 de octubre de 2013

Las dentelladas de Negredo, el tiburón de Vallecas

Como en la película de Spielberg, aparece cuando menos se le espera. Se acerca con sigilo, calcula las distancias y sale a flote para asestar un mortal mordisco a su presa. Su apodo le delata: es un tiburón del área. Es su hábitat natural y el gol, su medio de vida.


Mientras su equipo la toca se encuentra ausente. No se deja ver, no aparece. No quiere saber nada del balón ni de su esférica forma. Parece como si le importara un bledo lo que ocurre en sus narices. Pero la realidad es otra. Bajo el agua, Negredo no deja de aletear en todo el partido. Pelea con los centrales, los mueve para abrir espacios y eso le permite estar siempre en el espacio y tiempo adecuados para hacer el gol. Lo que se ve tan fácil desde fuera, ese toque que sólo empuja el balón para meterlo en la portería georgiana, requiere de minutos y minutos de lucha, de brega. Y en eso Negredo es el mejor.

A la sombra de Diego Costa –de su futuro, más bien–, Negredo se ha hecho fuerte a base de efectividad y entrega. Sale a gol y derroche físico por partido, un arma de la que la España preciosista de Del Bosque no puede prescindir de ninguna manera. Es un delantero centro de los de verdad, de los de siempre. De esos que te fabrican un gol resolutivo de la nada. Esa especie de futbolista en peligro de extinción capaz de marcar con la oreja o con el ombligo ese tanto que el resto de sus compañeros no puede ni con el más ortodoxo y ajustado de los tiros.  O con una chilena, le da lo mismo. Pero además, Negredo es de los buenos. De los mejores, para ser más concretos.

Este tiburón tiene un extra del que pocos más pueden presumir: es vallecano. Y como buen vallecano, es combativo. Despreciado por el Real Madrid, se tomó la justicia por su mano en Almería hasta transformarse en uno de los mejores delanteros del país. Le llegó la oportunidad de formar parte de una escuadra mítica como la del Sevilla y no desaprovechó la ocasión: goles, goles y más goles; goles de todos los colores para ser tenido en cuenta, para poder formar parte de ese grupo mágico que arrasaba en Europa y el mundo. Le costó lo suyo, a pesar de que siempre cumplía. Pero por fin lo ha conseguido. Ya es miembro de pleno derecho de esta histórica selección.

Se ha montado un gran revuelo a raíz de su partido ante Bielorrusia. Gente muy entendida, o que al menos lo aparenta, en esto del fútbol que se tira de los pelos y se pregunta que qué le hace falta a Negredo para ser considerado un futbolista de referencia mundial en su posición. La respuesta es fácil: goles son amores, pero sin un buen altavoz mediático que difunda ese querer por los cinco continentes, la cosa está complicada. En Manchester se encuentra ahora mucho más cerca de esa posición que cuando goleaba en Nervión o en el Juegos del Mediterráneo. Pero todavía le falta el peso que te da jugar en el Madrid, en el Barcelona o en el Bayern.

Pero mientras se fijan o no en él; mientras se preocupan o no de dedicarle las portadas y titulares que merece, el tiburón de Vallecas seguirá buceando en busca de nuevos retos, de nuevos desafíos. Continuará destrozando a mordiscos todo lo que se le cruce en su camino. No cree en la suerte. No espera que nadie lo agarre un día de los brazos y lo lleve volando hasta el paraíso que se gana día a día con su fútbol: sabe que sin trabajo nada es posible. Sabe que la suerte se busca y se conquista, no se merece ni se espera. En eso es más vallecano que nadie.


Un segundo. ¿No oyes esa musiquilla irritante? Cada vez es más intensa y estridente. ¡Ya viene! ¡Cuidado con el tiburón!

PabloG.