jueves, 30 de agosto de 2012

Errores de campeonato


La cruda realidad de este agridulce deporte: un minúsculo fallo puede hacerte pasar de ser el más grande de los héroes al peor de los villanos y viceversa. Y más en una final. Lo saben bien Barcelona y Madrid porque más de una vez pasaron por esa tesitura. Esta vez lo primero le tocó a los de Vilanova y lo segundo a los de Mourinho. Además por partida doble. Cosas del fútbol, deporte caprichoso como pocos.

El partido le vino mal dado al Barcelona desde antes de su comienzo. A la baja ya confirmada de Puyol, se sumó la de Alves en el calentamiento, algo que trastocó los planes de Vilanova y del equipo en general. Pero, por si fuera poco, a los once minutos de juego llegó la jugada más decisiva del choque: un despeje largo de Pepe llegó hasta la defensa culé y se tornó en pesadilla para Mascherano. El argentino no acertó a despejar el balón y le sirvió en bandeja el gol a Higuaín para que batiera a Valdés a placer. En ese momento, el Barça abandonó el Bernabéu. Y eso, con el Real Madrid en frente, se paga. Los blancos no hicieron tampoco gran cosa en ataque, pero la presión asfixiante a la que sometieron al Barcelona durante la primera media hora fue, simplemente, brillante. Que un equipo como el Barça sea incapaz de encadenar tres pases seguidos tiene un mérito increíble. Ahí Mourinho le ganó la partida a un Vilanova impotente. El ver a tres jugadores del Madrid sobre el jugador que llevaba el balón le impedía encontrar otra solución que no fuese dejar correr el tiempo para que apareciera la fatiga. Tenían intentar salir de la primera mitad con el menor número de goles posibles. Era eso, o renunciar al estilo. Y lógicamente se eligió la primera opción, la más arriesgada por otra parte.


El Madrid, mientras tanto, seguía a lo suyo. Fue un acoso y derribo constante mientras el físico aguantó. Había que sacar la mayor ventaja posible mientras el Barça estuviera aturdido, pero las ocasiones no se concretaban. Lo intentó Di María, Özil, Marcelo… pero todos confluían en un mismo punto: Valdés. El portero catalán se sacó la espinita de la ida con una actuación fabulosa. Paró todo lo que estuvo en su mano y fue el sustento del Barça durante los minutos más negros que se recuerdan del cuadro culé. Pero si el gol tiene un nombre en el Real Madrid, ese es Cristiano Ronaldo. La jugada fue similar a la del primer gol. De nuevo un balón largo hizo temblar a la defensa culé, pero esta vez no fue un error lo que desencadenó el gol, sino una genialidad del astro luso. Transformó el pase en una obra maestra con un toque de espuela estratosférico ante el que poco pudo hacer Piqué. Tras controlar, miró fijamente a portería y fusiló a Valdés con un potentísimo disparo a bocajarro. Imparable. El Barça seguía fuera del partido, y la cosa no iba a mejorar hasta mucho después.


Curiosamente, el equipo azulgrana empezó a ver cierta mejoría justo después de tocar fondo. Adriano agarró a Ronaldo cuando el portugués iba solo y directo hacia Valdés. Esa acción le supuso la roja directa, pero a la vez significó el renacimiento del equipo. Bien es cierto que para ese entonces, los merengues ya empezaron a acusar el cansancio, pero es indiscutible que cuando empiezan a aparecer Iniesta y Xavi, empieza a aparecer el fútbol, lleven la camiseta que lleven. Esta vez no fue una excepción, y con ellos también aparecieron las ocasiones visitantes. Messi poco a poco también comenzó a ser Messi, y el Barça lo agradeció. En tan sólo un cuarto de hora, cambiaron radicalmente las tornas y los culés eran los que tenían contra las cuerdas al rival. El tiempo suficiente como para que Messi se sacara de la chistera un lejano y perfecto lanzamiento de falta que se coló por la escuadra de Casillas después de haber superado a la barrera por fuera. El gol llegó justo antes del descanso y con un mensaje claro y conciso: hay esperanza. El Barça lo creyó ciegamente y se agarró a él como a un clavo ardiendo.


El paso por vestuarios sentó de maravilla a ambos equipos, que sacaron del partido su lado más caótico y delirante. Se sucedieron las ocasiones, casi una para cada lado, aunque el resultado fue siempre el mismo: agua. Los porteros de ambos equipos eligieron la mejor de las ocasiones para sacudirse las duras e injustificadas críticas que han venido recibiendo durante los últimos días y volvieron a demostrar que son los mejores del mundo. Pocas veces se ha visto una actuación tan magnífica en ambas porterías, pero con Valdés y Casillas en el campo, todo es posible. O si no que se lo pregunten a los delanteros de ambos equipos. Especialmente a los del Barça, que vieron como sus empujones finales eran abortados con facilidad por el capitán madridista, lo que desató su desesperación. La jugada clave en los últimos culés fue el mano a mano entre Tello y Casillas. Ahí se apreció a la perfección el quiero y no puedo de un equipo que lo dio todo, pero que acusó sobremanera su desastrosa primera media hora y, especialmente, el jugar con un hombre menos. Pero para ese entonces, Higuaín ya había estrellado un balón en el poste, por lo que los de Vilanova pueden darse con un canto en los dientes por no haber salido goleado del Bernabéu. También cabe destacar el debut de Song y Modric. El croata ha ganado en treinta y seis horas de blanco más títulos que en el Tottenham en cuatro temporadas. Es la suerte de jugar en uno de los dos gigantes de la bipolar liga española, una liga cada vez más aburrida y previsible.


PabloG.

miércoles, 29 de agosto de 2012

¡A la Champions, oé! (Ahora sí)


El veintiocho de agosto será recordado para siempre por los malaguistas como la fecha más importante y más gloriosa de su historia. Será día festivo para el fútbol andaluz y motivo de alegría para el fútbol español. Ahora se puede gritar a los cuatro vientos que el Málaga es de Champions. Mañana, todo el malaguismo estará pendiente de la gala de la UEFA para conocer el resultado del sorteo más ilusionante de la historia. Y eso será gracias al esfuerzo y sacrificio realizado ayer por uno de los mejores equipos de Europa en un campo complicadísimo. Siempre es difícil ganar en Grecia, aunque se sea muy superior al rival. Pero lo cierto es que parece que al Málaga le sienta bien el infierno heleno. De momento, se mantiene invicto en sus dos visitas oficiales a Atenas: una victoria por uno a cero al AEK en la temporada 2002/03 de la Copa de la UEFA, y el cero a cero más importante de la historia logrado ayer.


El Málaga demostró ser un equipo sólido. En un partido en el que la posesión de balón estuvo más disputada que nunca, los malaguistas supieron reinventarse y cerrar las líneas del centro del campo y la defensa. Para ello fueron vitales las imperiales actuaciones de Demichelis, Weligton, Camacho y, por supuesto, Toulalan. Especialmente destacados estuvieron los centrocampistas, que realizaron un partido soberbio  y fueron el centro de gravedad del equipo. Fueron omnipresentes durante noventa minutos, y eso el Panathinaikos lo resintió. Los griegos tan sólo pudieron crear peligro en dos aproximaciones por la banda izquierda, en las que los centros de Spyropoulos fueron la mayor baza ofensiva de los de Ferreira, que se perdieron entre la maraña defensiva diseñada por Pellegrini. Porque el Málaga ayer salió a defender su ventaja. Y lo hizo a la perfección, con balón o sin él. Eso sí, sin renunciar a un gol que estuvo muy cerca en más de una ocasión. De esa faceta se encargaban Isco, Joaquín, Eliseu y Fabrice, muy implicados también en las tareas defensivas y de presión. Eso es lo mejor de este equipo, que todos se dejan la piel en el campo.


Los delanteros malaguistas fueron una pesadilla para la defensa del PAO. Los avances de Joaquín fueron prácticamente imparables para una defensa que exhibió todas sus carencias tanto en la ida como en la vuelta. Y todo por mérito del conjunto malacitano. Tan sólo el juego duro era capaz de frenar a un Málaga que parecía que tenía la eliminatoria cuesta arriba. No cesó de atacar en todo el partido y debió haber logrado una recompensa mayor. Primero fue una contra con superioridad malaguista en la que Juanmi se lio con el balón cuando todo estaba de cara para marcar; luego, Camacho sí perforó la red, pero el colegiado anuló el tanto por un fuera de juego que después se demostró que no existió.


Pero la euforia de los aficionados malaguistas se desató con el pitido final. Entonces fue cuando realmente se comprendió la magnitud de lo logrado. Ahora esperan grandes equipos como el Milan, los Manchester, el Chelsea, el Bayern… Equipos con los que el Málaga compartirá cartel por mérito propio. Porque, ahora con todas las de la ley, el Málaga es de Champions. Bienvenidos al sueño europeo.

PabloG.

domingo, 26 de agosto de 2012

Un punto que supo a poco


El Málaga salvó anoche, con mayor o menor éxito, uno de los partidos más difíciles de la temporada. En plena resaca del maravilloso encuentro frente al Panathinaikos, el Mallorca se presentó en la Costa del Sol en horario de discoteca. Pero no precisamente para hacerle la fiesta al conjunto malacitano, sino más bien para aguársela. Es un equipo serio, correoso, disciplinado, sin fisuras. Muy propio de la escuela Caparrós. A pesar de ello, los de Pellegrini los tuvieron bajo control durante prácticamente los noventa minutos a base de buen fútbol. Es significativo este dato, ya que piezas básicas del esquema malaguista como Joaquín o Toulalan arrancaron el choque desde el banquillo. Esta vez fue el turno de los menos habituales, que respondieron a la perfección y dejaron claro una vez más que este equipo no depende de nombres. Isco se erigió una vez más como el director de orquesta del equipo, e hizo bailar a la defensa mallorquinista, acompañado de Monreal y Portillo durante toda la primera mitad. Pero con la llegada de la segunda parte y del nuevo día, comenzó a acusar el cansancio acumulado desde el martes y el equipo se resintió. Fue entonces cuando el Mallorca salió con mayor agresividad en busca del tanto y fue ganando terreno poco a poco.

Pero, por desgracia, el gran protagonista del encuentro fue el debutante Gil Manzano. La carta de presentación del extremeño en la élite fue una actuación poco menos que nefasta: no supo parar el juego duro y cometió varios errores de bulto. Además, el primer gol bermellón llegó tras una jugada dudosa en la frontal del área de Aouate, en la que Seba se fue al suelo. En ese momento, Nsue aprovechó el espacio para salir a toda velocidad y plantarse en campo malaguista para poner un centro medido a Hemed que el israelí mandó al fondo de la red con un potente cabezazo. Le sienta bien el horario de media noche al ‘10’ del Mallorca, que ya suma tres goles en esta temporada.


El gol bermellón desembocó en una revolución en el Málaga, provocada por la entrada de Eliseu y Juanmi. En ese momento, el equipo ganó la chispa que tanto echó de menos desde el inicio de la segunda mitad. Volvió a encerrar al Mallorca en su campo a base de pases cortos y buena circulación de balón. Se sucedieron las ocasiones, pero ninguna se concretó. Está más que claro que este equipo sigue necesitando un delantero centro de calidad, pero a falta de pan, buenas son tortas. En este caso, de Coín. Juanmi salió al rescate del equipo para culminar una gran jugada de equipo en la que Portillo ejerció de mediapunta para filtrarle un balón de gol a su amigo. Estalló La Rosaleda y el partido en ese instante. La entrada de Joaquín ayudó también a ambas cosas. Fue con el gaditano en el campo cuando el Málaga vivió su punto álgido en cuanto a fútbol y ocasiones, mientras el Mallorca se defendía como podía para mantener un empate con el que se sentía cómodo. Pero una jugada cambió el transcurso del partido: Eliseu entró por la izquierda y lanzó un autopase a Pereira al que Pina salió a toda velocidad para cortar. El centrocampista mallorquinista derribó al luso en el área y, posteriormente, tocó el balón con las dos manos, pero Gil Manzano sólo observó el manotazo que Eliseu soltó a Pina en el pecho y que condenó con una roja directa bastante desproporcionada. Fue en ese momento cuando el Málaga comenzó a valorar un empate que sabía a poco, pero que pudo saber a menos si Caballero no llega a salvar el mano a mano con Víctor en el descuento. Hubiera sido inmerecida una derrota del equipo que le puso el fútbol al encuentro.


PabloG.

viernes, 24 de agosto de 2012

El mismo Clásico de siempre


El partido cumplió las expectativas. Tuvo todo lo que se esperaba de él: fútbol, goles, emoción y polémica. Los tres últimos tardaron lo suyo en aparecer, pero finalmente hicieron acto de presencia. El fútbol, mientras tanto, lo puso el Barça en una primera parte estupenda en la que Iniesta se elevó sobre el resto para dirigir el juego blaugrana. Fue el jugador más destacado del encuentro: combinó a base de pases precisos con sus compañeros y buscó la jugada individual con regates fabulosos. Todo ello con mucho peligro sobre el marco de Casillas. Pero el primer tanto no llegó a favor del cuadro blaugrana. A pesar de que el dominio estaba siendo claro, Cristiano Ronaldo fue el primero en cantar gol en la calurosa noche vivida en el Camp Nou. El luso aprovechó un centro desde la esquina de Mesut Özil para mandar a la red un cabezazo desde el primer palo. Ese era, hasta el momento, el primer disparo merengue a puerta, un escaso bagaje ofensivo para cualquier equipo. Pero de un equipo al caracteriza tantísimo su pegada como el Real Madrid jamás te puedes fiar.


El gol del Barça desató la locura de los aficionados blancos y del partido en sí. En cierto modo, despertó a la bestia. Porque si bien el juego del Barça estaba siendo abrumador, los goles no llegaban. Hasta siete veces lo intentó sin éxito el equipo de Vilanova en el primer tiempo. Pero tras el gol, tan sólo necesitó un minuto para igualar la contienda. En ese tiempo, Mascherano envió un preciso pase de treinta metros a Pedro para que el tinerfeño batiera Casillas después de recortar a Coentrão. Eso sí, en más que probable fuera de juego. Pero el gol subió al marcador. Fue entonces cuando se sucedieron las ocasiones en una y otra área, y la emoción del partido creció hasta límites insospechados. En estas Mourinho decidió dar entrada a Higuaín y Di María para aprovechar el frenético ritmo impuesto por ambos equipos.

Pero cuando todo parecía destinado a un duelo de ida y vuelta hasta que las fuerzas aguantasen, un hombre se encargó de darle algo de serenidad al juego. Fue Iniesta. ¿Quién lo iba a hacer si no el hombre más tranquilo de los veintidós que había en el campo? Tomó la decisión más inteligente de todas: dormir el balón cada vez que pasaba por sus pies. Jugó con la aceleración del rival en todo momento. Y sacó el mayor de los provechos cuando Ramos lo arrolló dentro del área. El gol de Messi desde los once metros sirvió para darle otro aire al choque, hizo que se pareciera más a lo visto durante el primer tiempo. Y entonces el Barcelona volvió a tomar el control del balón. Apareció la figura de Xavi Hernández para acompañar a Iniesta en su aventura y, de paso, incendiar la defensa madridista. Busquets le dio el balón a Iniesta para que inventara y el manchego se sacó una conducción genial y un pase perfecto para Xavi que definió como un nueve en el área. El tres a uno en el marcador, además de la victoria, significaba tranquilidad para el Bernabéu.


Sólo fue la tranquilidad que precede a la tormenta. Como buen Clásico, el partido fue vibrante hasta el final. En el mejor momento del Barcelona, una jugada tan habitual como un pase corto de Adriano a Valdés se tornó en pesadilla para el meta catalán. El de L’Hospitalet se lio con el balón en los pies y Di María estuvo muy atento para recortar las diferencias. No habrá colchón para la vuelta. No habrá tregua de ningún tipo. Volveremos a vivir un enésimo Clásico. Otro como los de siempre.


PabloG.

jueves, 23 de agosto de 2012

Amor al fútbol


Este Málaga enamora cuando juega. Y no sólo eso, sino que también está enamorado de su público y del fútbol. Ayer lo dejó claro con una lección de juego para el recuerdo en el mejor escenario posible: la previa de la Champions. El equipo de Pellegrini fue una versión mejorada del equipo que Joaquín Peiró diseñó para el disfrute de los malaguistas, la obra más grande de la historia de La Rosaleda. No se arrugó ante la gran ocasión. Al contrario, dio un paso al frente y jugó como nunca. Desplegó el mejor juego de su historia, jugando como un grande durante una hora, y supo ponerse el mono de trabajo para dejarse la piel en el campo como el equipo más humilde durante la media hora final. Además, quedó claro, de paso, el compromiso que tienen todos los jugadores con la camiseta albiceleste, esa que quieren pasear por los mejores campos de Europa.


El equipo malacitano está perfectamente compensado. En la portería, Caballero es un seguro de vida. Salvó al Málaga en sus momentos más críticos con dos intervenciones para el recuerdo que dejaron la eliminatoria viento en popa. Tampoco se quedan atrás los centrales Weligton y Demichelis: aparte de mostrar una gran solidez defensiva, un remate tras un saque de esquina del primero propició un gol de pillo del segundo, el primero del Málaga en la historia de la Champions. Cabe destacar también a los laterales Gámez y Monreal, que recorrieron la banda durante los noventa minutos sin descanso, creando peligro en cada una de sus zancadas. En especial destacó el navarro, omnipresente tanto en ataque como en defensa. Demostró su nivel de Champions. Como también lo hizo el centro del campo malaguista. Laborioso y creativo, incombustible y preciso. Así fue el partido de Maresca. Sobre él descansó el peso ofensivo del equipo con una perfecta labor de enlace entre la defensa y la mediapunta. A su lado, Toulalan dio un clínic de como jugar de mediocentro. Apagó todos los fuegos del equipo e incendió al rival cuando quiso. Lo hizo todo, y todo bien. Málaga jamás podrá pagarle su trabajo. Pero la fantasía de este equipo reside en la mediapunta, donde Isco y Joaquín –uno de los más comprometidos con el equipo­– dejan volar su imaginación para terror de sus rivales. Una jugada de ensueño al primer toque entre Isco y Maresca desencadenó el segundo y definitivo tanto malaguista. Tras el centro del de Arroyo de la Miel, apareció imparable en el punto de penalti Eliseu para fusilar a Karnezis. El Málaga demostró que tiene buen toque y gol. Y a falta de un delantero de renombre, Fabrice, uno de los mayores valores emergentes de la liga y que ayer puso en serios aprietos a todo un subcampeón del mundo como Boumsong. Pero, sin duda, el mejor jugador del partido fue la afición, que se dejó la garganta como nunca con su equipo. ¿Quién se acuerda de la alineación de éste equipo el año pasado? Probablemente todavía haya alguien que eche de menos a Rondón o a Cazorla, pero seguramente no vio el partido de ayer.


El Panathinaikos fue un juguete en manos del Málaga durante la primera mitad y parte de la segunda. Fue incapaz de contrarrestar el vendaval futbolístico que exhibió el Málaga. Pero cuando el equipo de Pellegrini comenzó a acusar el esfuerzo realizado durante la hora de juego anterior, dio un paso al frente para intentar sacar provecho de esa circunstancia. Coincidió también con la entrada de Christodopoulos, el mejor futbolista del conjunto heleno y que necesito diez minutos de aclimatación. Una vez superado ese tiempo, hizo jugar a sus compañeros y trasladó el peligro al área de Caballero, que respondió con nota. Poco más pudieron ofrecer los griegos. Pellegrini le ganó la partida a Ferreira otra vez. Ya lo hizo una vez cuando lo echó del banquillo de La Rosaleda y ayer la historia volvió a repetirse, esta vez dentro del campo. El chileno es el capitán del barco que necesita este equipo que cada día hace sentir más orgullosos a los malaguistas y malagueños.


PabloG.

martes, 21 de agosto de 2012

Un castigo excesivo


Una de las mayores paradojas del fútbol es que no siempre gana el que mejor juega, sino el más efectivo. En este duelo típico de Champions lo fue el Dínamo de Kiev, un equipo que se ha reforzado muy bien en este mercado estival. Su propuesta fue sencilla y eficaz: movió el balón en el centro del campo lo justo hasta encontrar un hueco para enviar el balón en profundidad a sus delanteros, normalmente a través de Veloso. El equipo ucraniano fue ganando terreno poco a poco después del tanto local que abrió el marcador. Además, supo aprovechar a la perfección los errores que cometió su rival en defensa para llevarse un partido que el Mönchengladbach estaba dominando. Primero fue Mikhalik quien batió a Ter Stegen tras enganchar desde la frontal una pelota suelta a la salida de un córner que, tras golpear ligeramente en Daems, se tornó imparable para el excelente portero alemán. El primer tanto visitante llegó en el momento exacto para cortar de raíz los mejores minutos del conjunto germano. Pero tan sólo diez minutos después, llegó el golpe más duro: Yarmolenko se encargó de transformar una pérdida de balón en el centro del campo en una obra maestra. Tras recibir el balón en banda, realizó una diagonal espléndida y rompió a su marcador con una bicicleta letal que sirvió de antesala al segundo gol ucraniano. En ese momento el Gladbach se hundió. El tercer tanto del Dínamo, anotado en propia puerta por De Jong tras una falta magistral de Veloso, tan sólo fue la culminación de una noche negra para los potros.


La propuesta del Borussia Mönchengladbach fue mucho más atractiva y alegre. Con pases cortos y dinamismo, llegaba al borde del área rival con facilidad, poniendo en serios aprietos a un Dínamo que no sabía bien como contrarrestar a su rival. El único que aportaba algo diferente al equipo era Arango, líder natural de este equipo en la faceta creativa. Con su prodigiosa zurda, se encargaba de mandar venosos toques en largo para la entrada de sus compañeros por banda. Quedó claro en la jugada del gol alemán, en la que con un cambio de orientación perfecto, dejó sólo a Ring para que recortara con maestría a su par y fusilara a Koval.


Pero a pesar de que este equipo mantuvo su identidad con respecto al estilo de juego, sí que le faltó uno de los aspectos principales que hicieron de él uno de los conjuntos más peligrosos de Alemania: la efectividad. La salida de Marco Reus ha restado mucho la capacidad ofensiva de este equipo, a pesar de las buenas incorporaciones que ha realizado. El único futbolista que mostró lucidez en ataque fue Arango, que se encontró sólo frente a la muralla ucraniana tras el duro varapalo del segundo tanto. Para ese entonces ya se habían apagado los destellos de calidad del joven Ring, muy activo en los primeros veinte minutos, y las llegadas a la frontal deXhaka. Pero nada más. Ni De Camargo, ni De Jong, ni después Herrmann y Hanke dieron sentido a las buenas transiciones del Gladbach. Especialmente llamativo es el caso del delantero holandés, el hombre llamado a llevar el peso ofensivo del equipo tras su espléndida temporada en el Twente. No bajó ningún balón, fue incapaz de encontrar ninguna ocasión clara de gol y se diluyó entre los centrales del Dínamo. Y para colmo, anotó en propia puerta el tercer tanto rival. Sin duda, su gris actuación fue el factor determinante para la contundente derrota de su equipo, que pone en serio peligro su participación en la fase de grupos de la Champions League.


PabloG.

sábado, 18 de agosto de 2012

Ha nacido una estrella


En el fútbol, los partidos y los grandes campeones se deciden en pequeños detalles. Volvió a quedar claro de nuevo esta tarde en Balaídos, en un sensacional partido de fútbol lleno de fútbol –valga la redundancia–, algo que, por desgracia, no ocurre siempre que dos equipos saltan al campo. En un partido vistoso, jugado de tú a tú entre el cuarto clasificado de la temporada pasada y un recién ascendido a la categoría, marcó la diferencia un joven camerunés de dieciséis años y noventa y ocho días. Su nombre es Fabrice Olinga, y quedará marcado para siempre en la historia de la Liga. Salió a la hora de juego y tan sólo necesitó veinticinco minutos para darle el triunfo al Málaga. Después de estrellar un disparo en el palo, Buonanotte se encargó de regalarle su tanto tras una jugada deslumbrante. Marcó su primer gol en la Liga; marcó el primer gol de la Liga. El gol más joven jamás anotado en la máxima categoría del fútbol español. Un gol que sirve para calmar las aguas revueltas que azotan la Costa del Sol. Un gol que sirve para afrontar la fase previa de la Champions League del próximo miércoles con energías renovadas y cargados de ilusión. Además, lo hizo allí, en Balaídos, donde otro cañonero de raza y poderío como Catanha, se forjó un nombre con la camiseta de ambos equipos. Sin lugar a dudas, ha nacido una estrella.


El Celta de Vigo mereció salir del campo con algo más que la desilusión por la derrota. Se presentó en la Primera División, su hábitat natural, como un equipo muy a tener en cuenta. Será difícil sacar los tres puntos de Balaídos. Trató la pelota de una manera excelente en el centro del campo e incomodó notablemente a la frágil defensa malacitana con venosos balones largos para la llegada de sus delanteros. Pero los remates de Iago Aspas y Kike de Lucas no obtuvieron la recompensa deseada. Los celtiñas se toparon una y otra vez con los postes y con un Caballero colosal, que sostuvo a su equipo durante los noventa minutos. Especialmente llamativa fue la última jugada del encuentro, donde, ya con el cero a uno en contra, el Celta se volcó contra la meta malaguista, y tras una jugada desesperada dentro del área, Aspas le sirvió en bandeja a Cabral el tanto del empate con un taconazo soberbio que lo dejó solo frente a la portería de un Caballero batido por la finta del delantero celeste, pero el central argentino golpeó con tanta violencia el esférico que éste restalló en el larguero, botó en el línea de gol y se salió. Ahí se escenificó a la perfección la mala suerte que tuvo el equipo vigués.


Mientras tanto el Málaga demostró que ni la más fiera de las tormentas puede derribar la idea fuertemente incrustada en el subconsciente del grupo: el fútbol de calidad. El Málaga movió el balón de un lado a otro, sin desesperarse. Isco se erigió como el canalizador de juego que necesita el equipo. Entendió perfectamente su nuevo rol en el campo y por eso Joaquín y Toulalan acudieron a arroparle. Costó mucho durante la primera hora de juego, donde el Celta se mostró brillante de medio campo hacia delante y rocoso de medio campo hacia atrás, pero poco a poco fue fluyendo el fútbol que este equipo lleva en las venas. No se echó de menos a Rondón ni a Mathijsen. Tampoco a Cazorla. El grupo demostró que las bajas son sensibles, pero que el Málaga no depende de un jugador en concreto, depende del bloque. Es verdad que el equipo necesita un rematador, pero con la lucha de Seba, el talento de Juanmi y la recién descubierta garra de Fabrice, sumada al trabajo de todo el grupo, las carencias serán menos. Es de esta forma como se llega a las grandes cotas, objetivos por los que, a pesar de todo, sigue peleando el Málaga. La próxima parada será la previa de la Champions, el partido más importante de la historia del club. Ahí se verá hasta donde es capaza de llegar este equipo, que ya ha sumado sus tres primeros puntos en un encuentro deslumbrante.


PabloG.

viernes, 17 de agosto de 2012

Reyes cuatro años después


Ya no cabe duda alguna: son únicos. Usain Bolt y Michael Phelps han vuelto a dar una clase magistral en Londres de lo que significa el deporte, de lo que representa. No tienen rivales, no tienen barreras. Esta vez no se produjo la estampida de récords mundiales que ambos nos ofrecieron en los Juegos de Pekín. Sólo –por decir algo– sumaron uno entre los dos, el del 4 x 100 relevos en el que Bolt y sus compañeros jamaicanos destrozaron el crono con una marca extraterrestre de 36.84 segundos. Pero su dominio fue absoluto, aplastante. Por si alguien se intentaba convencer de lo contrario, siguen siendo los reyes.


Sin embargo, a pesar de compartir trono y corona, sus estilos como deportistas no tienen mucho que ver, independientemente de las diferencias que existen en sus respectivos deportes. En el estilo de nado de Michael Phelps, su descomunal fuerza física deja paso a una técnica de nado depuradísima, que es la que realmente le permite sacar ventaja frente a sus rivales y ser tan dominante dentro del agua. Aparte de poseer un físico bestial es un estilista, y esa extraña y explosiva mezcla es la que da lugar al mejor nadador de todos los tiempos. Los hubo más técnicos –como Ian Thorpe–, más fuertes –como Pieter van den Hoogenband– y más explosivos –como Aleksandr Popov–, pero jamás tan completos. Ni siquiera el legendario Mark Spitz. El auténtico mérito de Phelps es su versatilidad, su capacidad para adaptarse a casi cualquier prueba. Y su talento natural para ser el mejor en toda aquella en la que participa. En Atenas escribió un sorprendente prólogo; en Pekín su obra maestra; en Londres un epílogo brillante. Es un ser humano extraordinario. Y además, centrado en lo suyo. No quiere ser el centro del universo por otra cosa que no sea la natación. No saluda, no sonríe, no gesticula antes de una prueba. Sólo tiene una cosa en la mente: la victoria.


En cambio, Usain Bolt está hecho de una pasta diferente: es potencia pura. Un talento incontrolable, de esos que aparecen en la naturaleza una vez cada muchos años. No quiere decir que ese talento no haya sido pulido y educado para llegar a lo más alto, pero no cabe duda de que Bolt no posee una técnica de carrera tan elegante como la que pudieran tener Tommie Smith o Carl Lewis, por ejemplo. Su estilo se asemeja más al de su gran ídolo, Michael Johnson, aunque con una zancada mucho más amplia y demoledora. No tiene rival en las distancias cortas. Es demasiado explosivo para el resto. Dinamita pura. Quizá tampoco tendría rival en pruebas más largas como el 400, pero de momento no se plantea participar en el matahombres. Una pena para los aficionados, que sólo pueden disfrutar en tres ocasiones del relámpago en los Juegos Olímpicos. Eso sí, en los tres momentos más espectaculares del evento. Porque ahí Bolt despliega todo su repertorio para ofrecer a los espectadores un ‘show’ inolvidable antes, durante y después de la carrera. Quiere que todo el mundo esté pendiente de él, que intenten buscarle el secreto a la magia que realiza en la pista. Pero la realidad es que no lo hay. Simplemente es un extraterrestre.


Pero aparte de estas diferencias técnicas, sí es cierto que es más lo que les une que lo que les separa. Para empezar porque son los superhéroes de los Juegos Olímpicos, un evento que necesita el reclamo de seres extraordinarios, que vive de eso, y que ha encontrado en Bolt y Phelps dos iconos inmejorables. También fueron dos leyendas que surgieron en los momentos más delicados de la natación y el atletismo, en los que el ocaso de la carreras de Thorpe y van den Hoogenband, y los positivos de Justin Gatlin parecían dejar sin referentes claros a los deportes más representativos de los Juegos. Fue entonces, en Pekín, cuando ambos dieron un paso al frente: Phelps logró la homérica hazaña de superar las siete preseas doradas de Spitz con los ocho oros a los que optaba –siete récords del mundo y uno olímpico– y Bolt logró tres oros con otros tres récords mundiales, alguno tan impactante como su 9.69 en los 100 metros –con deceleración en los metros finales incluida–. Sin duda, son la imagen que el deporte y los Juegos necesitaban para volver a la cima.

Y aunque Bolt y Phelps escribieron las mejores páginas de la historia del deporte en Pekín, su mayor hazaña la han firmado en Londres. Esta vez hubo dominio absoluto, aunque no tanta brillantez. Pero lo importante es que, con la regularidad que han exhibido cuatro años después, se han ganado una plaza en el olimpo del deporte. Se sembraron muchas dudas sobre la forma de ambos de cara a Londres, sobre si seguirían siendo los mejores. No tardaron en desmentirlo ellos mismos, primero en el agua, y luego en la pista: no hay quien les haga sombra. Y todo ello a pesar de que en estos Juegos contaron con una dificultad añadida a la que no tuvieron que hacer frente en Pekín: la motivación extra de sus rivales por el hecho de enfrentarse a una leyenda viviente, a sus ídolos. Este hecho pasó factura a Phelps, que, después de la decepción de la final de los 400 metros estilos en la que terminó en cuarta posición, vio como un descarado adolescente –que recordó al propio Phelps en Atenas–, le arrebataba el oro en una de sus pruebas favoritas, los 200 metros mariposa. Ese chico era Chad le Clos, un joven sudafricano que comenzó a probar suerte en el estilo mariposa inspirado por la hazaña de Phelps en Pekín. Tras el tropiezo, Phelps se repuso y terminó con un envidiable palmarés de cuatro oros y dos platas. El mejor de los Juegos de Londres, pero que supo a poco después de la exhibición de Pekín. Aun así, sirvió de colofón para una carrera irrepetible.


Mejor suerte corrió Usain, quizá advertido indirectamente por Phelps. En este caso, el enemigo estaba en casa –en el caso de Phelps se suponía que también, pero finalmente Ryan Lochte no dio la talla–. La bestia, Yohan Blake, no daría tregua a su amigo Bolt. Ya lo batió en los trials y se especulaba con que podría hacerlo en la gran cita. Pero ahí el relámpago no dio opción. Volvió a ser el centro de atención, volvió a dar un espectáculo inmejorable. Volvió a demostrar que es el mejor. Batió el récord olímpico en los cien metros e igualó la marca de Michael Johnson en Atlanta ’96 de los doscientos. Blake, sin perder nunca la sonrisa, sólo pudo abrazar a su amigo y rendirse a sus pies. Sabía que era invencible, que era el rey de las grandes citas. También sabía que con su potencial y juventud, algún día será su heredero, pero mientras tanto, disfrutará y aprenderá todo lo que pueda a su lado. Unieron fuerzas en el 4 x 100 y el resultado fue explosivo, con récord del mundo incluido. Bolt se convirtió en leyenda y se ajustó la corona junto a Phelps. El marciano y el superhombre siguen siendo los reyes cuatro años después.


PabloG.

lunes, 13 de agosto de 2012

Cuando el color no importa


Un partidazo para la historia. Eso fue la final de baloncesto de estos maravillosos Juegos Olímpicos de Londres. Los dos mejores equipos del mundo volvieron a coincidir en un choque épico, decidido únicamente por los pequeños detalles, los mismos que diferencian a un equipo de otro, aunque parezca mentira. España murió frente a los todopoderosos Estados Unidos, pero lo hizo de pie, con la cabeza bien alta y el corazón en la mano. No pudieron vengar a todos los baloncestistas que alguna vez se vieron resignados ante la intratable selección americana, pero honraron su memoria y les regalaron, como a todos los aficionados a este fantástico deporte, cuarenta minutos de ensueño.



La selección española volvió a ser la que acostumbra los últimos años, la campeona del Mundobasket de Japón, la bicampeona de Europa en Polonia y Lituania, la de la segunda mitad ante Rusia. Volvió a dar lo que se espera de ella con un elenco tan magnífico de jugadores como el que posee este equipo en la pista. El inicio no pudo ser mejor: España demostró una eficacia anotadora pocas veces vista. Con Navarro a la cabeza, los de Scariolo se lanzaron a pecho descubierto a por el partido. Pero si España jugó como nunca, USA lo hizo como siempre. Aprovecharon hasta la saciedad la defensa zonal española en el primer cuarto y jugaron durante largo rato sin pívot. Eso se tradujo en triples y más triples de la mano de Anthony y Durant –7/10 en el primer cuarto–. A Navarro se le sumó Rudy, que se destapó para evitar que USA se fuera y dejó en 35-27 el primer cuarto.



El inicio del segundo cuarto por parte de España fue fulgurante: un parcial de 12-2 dejó a los americanos bastante aturdidos. Ya no entraban los triples y eso conllevó a la desesperación. De eso tuvo culpa un hombre llamado Sergio Rodríguez que entró con aire revolucionario en el equipo. Dirigió la hazaña española a base de asistencias y un triple decisivo que dejó a España dos arriba. Pero en el mejor momento del equipo español, Marc se tuvo que ir al banquillo cargado de personales, la mayoría en busca del rebote ofensivo. Lo propio hizo su sustituto, Felipe Reyes, pocos minutos después. Ese hándicap mermó a España y provocó la remontada estadounidense con un parcial de réplica de 7-0 que dejó a España algo trastocadas. Volvió a ser letal Durant y a España le escoció la picadura de la tarántula. Tan sólo el estado de gracia de Navarro y la aportación inestimable de Rudy consiguieron dejar el partido en 59-58 al descanso. España se fue uno abajo, pero con un gran sabor de boca. Sabía a oro, un oro que USA se quiso colgar en el cuello antes de tiempo, pero que finalmente tendría que pelear hasta el último minuto.

Hubo de nuevo revolución tras el descanso. Apareció el mesías del baloncesto español y el equipo le siguió con los ojos cerrados. Cuando Pau Gasol entró en escena, el partido se rindió a sus pies y se decantó del lado de España. Sus trece puntos consecutivos hacen que el tercer cuarto pueda ser considerado su cuarto. LeBron James no le permitió aparecer antes, pero cuando lo hizo, fue decisivo. No sólo jugó y encestó, sino que hizo jugar y anotar. Es un lujo tener un jugador de tales características en la selección y una lástima que tenga ya treinta y dos años. Sólo Kobe se atrevió y pudo darle respuesta con siete puntos en este duelo fratricida. Pero, después de la aparición fulgurante de Pau, Durant –treinta puntos– siguió a lo suyo y continuó con su cuenta personal de anotación, que también se veía reflejada en el marcador americano. Tiene fuego en la muñeca este chico. Estados Unidos dio lo mejor que tiene, pero España no se quedó atrás, y cerró un tercer cuarto soberbio uno abajo en el marcador, con 83-82. Todo se decidiría en la última carta.



El último período fue una guerra. No hubo amigos, no hubo aprecios. Tan sólo ansias de victoria, locura por el oro. Y la locura siempre beneficia a los americanos. USA y España se dedicaron a intercambiar canastas durante buena parte de los diez minutos finales, en los que la durísima defensa estadounidense, cerrada e intensa –a veces más de la cuenta– como nunca se la ha visto, y el lógico cansancio español provocaron que los americanos tomaran ventaja en el marcador de la mano de un Chris Paul que apareció en el momento clave. Le secundaron James, que volvió a demostrar que su físico es la perfección para un baloncestista, Bryant y Durant. España resistió como pudo, pero el impacto fue demasiado. Para colmo unas últimas decisiones arbitrales más que dudosas terminaron por dejar a España contra las cuerdas. Todo desembocó en una jugada: Navarro agarró el balón a poco más de un minuto del final. Con la visible desesperación del equipo español, decidió jugársela con un triple –probablemente, precipitado–, que terminó con el sueño español tras la posterior canasta de Paul. La novela de la final fue original, pero claramente inspirada en otra editada cuatro años antes, de mismo título e igual desenlace. Aquella vez el protagonista fue Carlos Jiménez. Ahora le tocó a Navarro.



Ambos equipos decidieron regalarles los últimos segundos a los menos habituales. España tiró de casta y redujo el marcador todo lo que pudo. Finalmente el 107-100 nos otorgó la plata. Sí, la plata hay que perderla, pero de este modo y ante este rival, sabe a oro. Gracias equipo, sois los mejores. Pau y Marc Gasol, Felipe Reyes, Serge Ibaka, Rudy Fernández, Fernando San Emeterio, Víctor Claver, Juan Carlos Navarro, Sergio Llull, José Manuel Calderon, Víctor Sada y Sergio Rodríguez grabaron su nombre en la historia del baloncesto mundial con un partido épico. Lo hicieron por los ‘Epi’, Corbalán, Iturriaga, Romay, Martín y compañía. Por los Jimenéz, Garbajosa, Cabezas y todos aquellos que alguna vez se emocionaron con España. Lo hicieron por el baloncesto. Por el deporte. Y eso no hay metal que lo recompense.

PabloG.

domingo, 12 de agosto de 2012

Broche de oro


La de ayer fue una jornada colosal, la jornada perfecta para dejar por todo lo alto la fantástica actuación del atletismo en este Olympic Stadium. Una noche mágica para despedir a los grandes héroes que han dado forma a estas Olimpiadas. Hubo de todo: grandes victorias, récords mundiales, triunfos locales… Lo único que faltó fue el colofón con una medalla para España, pero finalmente se escapó en el último suspiro.


Ruth Beitia hizo ayer la final soñada. La cántabra dio lo mejor de ella misma: hizo todos los saltos a la primera, a excepción del 1.97, que lo logró al segundo intento; realizó su marca de la temporada –2.00 metros–; pero cuando parecía que un nuevo metal llegaría a la delegación española, la estadounidense Barrett logró superar el listón de los 2.00 metros también, por lo que Ruth debería superar también los 2.03 si quería seguir optando a medalla. La final tuvo un nivel excepcional, con la rusa Chicherova dando una lección de salto de altura y con Ruth, Barrett, y Shkolina jugándose los metales por encima de los dos metros. A Ruth se le atragantaron los 2.03. Se aproximaba demasiado al listón y se quedaba sin sitio para realizar el giro. Volvieron los fantasmas de siempre. Para colmo, la americana saltó los 2.03 a la segunda, dejando en una situación comprometida a la cántabra. No quedaba otra, o pasaba el listón, o se tendría que conformar con el diploma olímpico. Ruth arriesgó muchísimo en su último salto. La ocasión lo merecía. Pero la campeona de Europa se llevó el listón consigo a la colchoneta y saboreó el amargo sabor del cuarto puesto después de haber estado durante toda la prueba en posición de medallas. Chicherova triunfó en la prueba. Su salto sobre los 2.05 metros significaron el mejor salto de la temporada y se quedó a un centímetro del récord olímpico y a cuatro del mundial, mientras que Barrett y Shkolina se alzaron segunda y tercera respectivamente con 2.03 metros, sus marcas personales. Tuvieron que exprimirse al máximo para derrotar a Ruth Beitia, que puede sentirse muy orgullosa de su actuación en Londres.


El ‘main event’ de la noche, y, probablemente, de estos Juegos Olímpicos, volvió a correr de la mano del gran ‘showman’ del atletismo mundial: el único, el inimitable, el legendario Usain Bolt. Esta vez corrió acompañado por Yohan Blake, Nesta Carter y Michael Frater. Sólo había un último gran obstáculo antes de llegar a la cima del podio: los USA de Gay, Gatlin, Bailey y Kimmonds. El duelo del siglo en cuanto a velocidad se refiere se disputaría allí, en Londres. Y ya se había estipulado que para ganar no servirían medias tintas, habría que batir el récord del mundo. Esa era la única condición que debería respetar el ganador, de lo contrario se lo llevaría su rival. Todos lo entendieron y se lanzaron a por ello. Salieron Frater y Kimmonds como auténticas flechas. Kimmonds tomó la delantera a Jamaica y entregó primero el testigo a Bailey, que también voló sobre la pista, manteniendo la ventaja sobre Carter. Pero entonces llegó el turno de la bestia. A Blake no hay rival que le importe, tan sólo las leyes de la física. En una de las postas más rápidas que se recuerdan, le comió todo el terreno a Tyson Gay y entregó el testigo a Bolt. El relámpago hizo el resto. Voló. Pasó por encima de sus rivales. Una vez más. Oro para Jamaica; récord del mundo pulverizado. Lograron una marca extraterrestre de 36.84 segundos, una marca que tan sólo ellos podrán volver a bajar. No fueron los primeros hombres que bajaron de los treinta y siete segundos, fueron los primeros marcianos a los que se ha visto hacerlo. Destaca especialmente Bolt, con tres oros londinenses y seis en total. La leyenda cada día se agranda un poco más.


Pero no fue el gran Usain Bolt el atleta más ovacionado en la jornada de ayer en el Olympic Stadium. Un británico, un tal Mo Farah, puede presumir de haber arrebatado ese honor a la leyenda. Pero para leyenda, él mismo. Se impuso en una final de 5000 metros estupenda para lograr el doblete de 5000 y 10000 metros como ya hicieran grandes nombres como Kolehmainen, Zatopek, Kuts, Viren, Yifter y Bekele. De hecho, es al propio Bekele al que Farah ha destronado en estas olimpiadas. Primero lo batió en la pista en los 10000 metros, en los que el etíope sólo pudo ser cuarto; después en los registros, donde le sucedió como vencedor de los 5000 metros.

La carrera se planteó perfecta para Farah desde el principio. No se impuso un ritmo rápido, que podría beneficiar a los corredores africanos, sino un trote pausado en el que Farah se camufló entre el grupo al acecho de la oportunidad perfecta para dar el golpe ganador. Planificaron mal la carrera tanto etíopes como keniatas y le sirvieron la victoria en bandeja a este corredor magistral. A partir del segundo kilómetro, quisieron aumentar el ritmo y convirtieron el grupo en una fila de a uno, con los etíopes en cabeza, pero ya era demasiado tarde. A falta de un kilómetro, Farah se situó en cabeza, alargó la zancada, y realizó una última vuelta sensacional, en la que no tuvo rival. Se vivió un bonito duelo en la recta con el etíope Gebremeskel, pero Farah se lo llevó por orgullo, por raza y por su público. El keniata Longosiwa fue el tercer clasificado, y el americano Rupp, segundo en la final de los 10000 metros, sólo pudo ser séptimo. Delante de su público, Farah entró en el Olimpo.


En el relevo femenino, USA volvió a volar. Ya lo hicieron en el 4 x 100, donde batieron el récord del mundo con 40.82, y ayer, aunque no pudieron batir la plusmarca mundial, superaron con una autoridad impresionante al resto de competidoras. La marca de 3:16.88 que lograron las DeeDee Trotter, Allyson Felix, Francena McCorory y Sanya Richards-Ross fue estratosférica. Sacaron casi cuatro segundos a las segundas y terceras clasificadas, Rusia y Jamaica. Sin duda, a pesar de que todas las atletas corrieron de manera excepcional, Allyson Felix marcó la diferencia en la pista, y ya suma su tercer oro en estos Juegos, el cuarto de su carrera. Será la reina de la pista, y, con el permiso de ‘Missy’ Franklin, la reina de Londres.

También fue una carrera preciosa la de la final de los 800 metros femeninos. En ella había dos protagonistas: la rusa Mariya Savinova, y la sudafricana y tan discutida, Caster Semenya. No decepcionaron ninguna de las dos. La estadounidense Montano marcó un ritmo frenético desde el principio, que finalmente le pasó factura –terminó quinta–, pero era la única forma de tener alguna oportunidad. Cuando Montano se fue desfondando, ya en la última vuelta, la keniata Pamela Jelibo creyó que era el momento del ataque y se lanzó a la desesperada. Quizá en otra carrera hubiera triunfado, pero aquí no hay lugar para el error, y Savinova aprovechó la imprudencia de Jelibo para recortarle la distancia y pasarla en los últimos doscientos metros. Sabía que ganaría, que nadie podía darle caza. En cambio Jelibo, todavía tenía más que perder. Supo que se quedaba fuera del podio cuando Poyistogova y, especialmente, Semenya la pasaron como un misil en los cien metros finales. Pero Savinova fue la reina de los 800 metros. Su carrera fue impecable y su triunfo indiscutible en una jornada de ensueño.

PabloG.

sábado, 11 de agosto de 2012

Recompensa para el más trabajador

Si algo caracteriza al fútbol es que en este deporte, como en la mayoría de ellos, no prima la lógica, sino el trabajo. Esa es la lección que ha aprendido Brasil esta tarde en la catedral pagana de Wembley, escenario inmejorable para una cita de tal calibre. Brasil quería convertirlo en un sambódromo, pero chocó de frente con un bloque sólido, cimentado desde la defensa y correoso como pocos en este torneo. Donde Brasil se encomendó a su talento, México lo hizo al trabajo y al sacrificio. Sólo hicieron falta veintinueve segundos para que Tena mostrara a Menezes que ese era el camino. El tiempo suficiente para que Rafael se liara con el balón en los pies, y Oribe Peralta aprovechara su error para batir por bajo a Gabriel.


Brasil supo encajar el golpe: siguió fiel a su estilo, sin desesperarse por el gol, sin cometer imprudencias. Quedaban noventa minutos para dar la vuelta al partido. Pero México subo contrarrestar de una manera inteligentísima a su talentoso rival: con un marcaje férreo en la mediapunta. Los hombres de Tena cortaron las conexiones de la canarinha, dejaron sin oxígeno a Oscar, y cerraron las bandas para impedir las progresiones de Neymar y Álex Sandro convirtiendo de este modo a Leandro Damião en una auténtica isla, totalmente incomunicado con el centro de mando brasileño. Rômulo intentó llevar el peso del equipo desde el mediocampo, pero con escaso éxito. Fue entonces cuando Menezes comprendió que su equipo necesitaba algo diferente, un cambio de rumbo, una revolución. En el banquillo tenía la pieza perfecta: Hulk, sorprendente suplente en uno de los partidos más importantes de la historia de Brasil. El sacrificado fue su compañero en el Oporto, Álex Sandro, y los efectos, inmediatos. Brasil encontró el rumbo de nuevo. Jugó mucho más cerca del área, y lo que es más importante, con mayor peligro. Lo más destacable fue un disparo lejano del propio Hulk que puso en serios aprietos a Corona.

Pero tras el descanso, el efecto Hulk se fue disolviendo poco a poco. Ahora era el turno de que el líder del equipo, el tan celebrado Neymar, diera un paso al frente y se echara a su país a la espalda. El del Santos lo intentó, pero entre la sólida defensa mexicana, liderada por un colosal Diego Reyes, y el desacierto que tuvo en el área –falló varias ocasiones claras de gol–, no pudo llevar a cabo su empresa. Para colmo, Brasil volvió a dar muestras de una acuciante fragilidad defensiva. Es paradójico que a pesar del hecho de tener como líder indiscutible en la retaguardia a Thiago Silva, flamante fichaje del todopoderoso PSG y uno de los mejores centrales de Europa, ésta sea la línea más débil del equipo. Muy listo anduvo Marcos Fabián –el mejor y más incisivo jugador de México durante los noventa minutos– al aprovechar un regalo de la zaga canarinha, que, a pesar de la dificultad, transformó en una chilena que sólo el travesaño pudo evitar que se convirtiera en el segundo tanto de la tricolor.

El segundo tanto no llegaría en una jugada trenzada o en una contra. No, ahí México estaba siendo más inteligente que su rival, pero no lo estaba dominando. El segundo gol debería ser en el apartado en el que los aztecas pasaron por encima de Brasil como un titán: la táctica. Fue en una falta lateral, botada al corazón del área donde apareció, de nuevo, Peralta para acabar con el sueño dorado de Brasil. Su cabezazo fue inapelable; el golpe, incontestable. Brasil perdió algo más que su sueño con el gol. Perdió la paciencia, tanto con la pelota, como sin ella. Se precipitó en todos los aspectos. Tampoco ayudaron los cambios de su técnico. La entrada de Pato y Lucas Moura por Sandro y Rafael, sirvieron para dos cosas: para escenificar la desesperación brasileña y para regalar a los aficionados un último empujón tan intenso como irreal. De un balón largo desde la defensa llegó la definición de Hulk que supuso el dos a uno a falta de tres minutos para el final, pero la épica no se completó. Oscar la tuvo en su cabeza en el último suspiro a centro de Hulk, pero, solo en el área, mandó el balón fuera. Hubiera sido injusto un gol canarinho al final, y el fútbol lo sabía. El esfuerzo mexicano se vio recompensado.



PabloG.

Ansias de revancha


Como el doctor Jekyll y míster Hyde. Así se puede calificar la actuación de la selección española de baloncesto en estos Juegos Olímpicos. Ayer, los chicos de Scariolo volvieron a dar una de cal y otra de arena frente a la Rusia de David Blatt, rival que ya venció a España en la fase de grupos después de remontar un marcador desfavorable de dieciocho puntos. Esta vez el guión fue diferente, totalmente opuesto.

En la primera parte se vio la peor versión de la triste España que anda a la deriva por Londres. La selección española cerró bien en defensa, impidiendo el lucimiento de las estrellas rusas, pero todo su esfuerzo defensivo no tenía su recompensa en ataque, donde los de Scariolo se mostraron totalmente desacertados. Rusia anotaba poco, pero anotaba; España no. El nueve a doce con el que finalizó el primer cuarto es un reflejo claro de lo que se vio en el campo. En el segundo, la situación empeoró: España continuaba con su sequía anotadora, mientras Rusia conseguía despegarse poco a poco. Buena culpa de ello la tuvieron el capitán Monya, con un tres de tres en triples en apenas cinco minutos, y Sasha Kaun, que se impuso en la pintura y aportó ocho puntos en la primera mitad. Rusia se colocaba a trece puntos de una España sin chispa, sin buenas sensaciones. Nadie aparecía para rescatar a un equipo que sólo apretó un poco al final del segundo cuarto para maquillar un poco el resultado –veinte a treinta y uno– de una primera mitad para el olvido.


Hubo reacción tras el descanso. España se lavó la cara y sacó todo su orgullo para dejar atrás todo lo ocurrido en la primera parte. Apretó los dientes. Empezaba un partido nuevo, uno de los partidos más importantes de su historia. Los jugadores lo captaron pronto, y dieron un extra en el campo para recortar la diferencia en un tercer cuarto estratosférico. Pau, Rudy y Calderón asumieron el liderazgo del equipo y decantaron la balanza en favor de España. Cuatro triples suyos en siete minutos redujeron la ventaja rusa a sólo tres puntos. España no sólo anotaba, sino que exhibía su mejor versión. Volvía a ser España, no esa especie de monstruo que  se ha estado paseando por la cancha londinense. Finalmente, un triplazo de Calderón puso las tablas en el marcador en el último suspiro del tercer cuarto. Rusia se veía maniatada. No podía ser de otra manera: la defensa española funcionaba a la perfección, gracias a Pau, a Marc, y a la inestimable aportación de Felipe Reyes. Especialmente llamativo fue el caso de Marc Gasol, que se destapó en el último período y dio una lección maestra de como jugar en el poste. Se movió, anotó, asistió, circuló. Y todo ello en el momento que más lo necesitó la selección, que con los puntos de Pau Gasol, la chispa de Llull, y bajo la dirección de Calderón, rompió el partido con un parcial de nueve a cero ante el que Rusia no tuvo respuesta, debido a la falta de un líder. Kirilenko no tuvo su día, falló en el momento clave y en situaciones decisivas. España jugará su tercera final olímpica con las sensaciones recuperadas. La tercera puede ser la vencida.


Pero antes de morder el oro deberá superar un último escollo. Más bien, el escollo. Estados Unidos también alcanzó la final olímpica para reditar las de Pekín 2008 y Los Ángeles ’84, de la que ayer se cumplieron veintiocho años. Y lo hizo de la manera que acostumbra: destrozando a sus rivales. Esta vez fue el turno de la combativa Argentina de Ginóbili y Scola, que a pesar de sus respectivos dieciocho y quince puntos poco pudieron hacer frente al mejor equipo del campeonato y del mundo.

USA dominó desde el principio, gracias a la gran aportación de Kobe Bryant, que se desmarcó en la primera mitad con ocho puntos. Parecía imparable, y, probablemente, lo fuera. Pero a la actuación de Bryant hay que añadirle la de LeBron James –dieciocho puntos, siete rebotes, siete asistencias–, dominador absoluto de la pintura tanto ofensiva como defensivamente. El rey James se volvió a marcar otro partidazo, secundado por las aportaciones de Chandler y Kevin Love por dentro que impidieron las situaciones fáciles de Argentina. USA basó su victoria en la fantástica defensa interior en los tiros de tres. Como siempre. Pero Argentina, con el orgullo y la garra que les caracteriza, jamás le perdió la cara al encuentro. Esta generación irrepetible de jugadores quería despedirse con otro oro, como el que lograran en Atenas, y no renunciarían a su sueño fácilmente. Ginóbili tiró de su equipo por enésima vez y se marcó un final del segundo cuarto memorable, culminado con un magnífico triple que dejaba el marcador en cuarenta a cuarenta y siete al descanso. Argentina seguía en el partido.


Carmelo Anthony y, especialmente, Kevin Durant, encontraron problemas en la anotación. No podían mostrar su mejor nivel. Era sangrante el cero de tres en triples de ‘Durántula’. Pero tras el paso por los vestuarios, su suerte cambió, y con ella, la del encuentro. Ambos jugadores empezaron a tener fluidez, a tener fuego en la muñeca. Tres triples consecutivos para cada uno en menos de tres minutos, dieciocho puntos geniales que rompieron el partido definitivamente. La clara demostración de la superioridad estadounidense en este deporte se vio reflejada en uno de esos triples de Anthony: el neoyorkino de origen puertorriqueño se levantó desde casi medio campo y su lanzamiento entró limpio en el aro argentino. USA es un equipo temible y muy difícilmente contrarrestable. Además, James volvió a dar una exhibición de fuerza y potencia, desafiando a la física con vuelos y jugadas imposibles. Los americanos se gustaron y arrasaron a los guerreros argentinos, que se despiden del torneo con un amargo sabor. Todavía, el bronce puede poner un broche de oro a esta magnífica generación de jugadores. USA alcanzó, de nuevo, la final de las Olimpiadas. En ella espera España, con ansias de revancha. Se vivirá una final épica, donde el oro estará más caro que nunca.


PabloG.

viernes, 10 de agosto de 2012

Soy leyenda


No todos los practicantes de atletismo tienen la posibilidad de disfrutar de unos Juegos Olímpicos. De los que llegan a la gran cita, sólo unos pocos pueden optar a medalla en la final de sus respectivas disciplinas. Una vez en la final, tan sólo tres pueden lucir con orgullo el metal en su cuello, y únicamente el ganador puede saborear las mieles del éxito. Pero lo realmente difícil, lo que sólo son capaces de lograr los elegidos, es el ser considerado una leyenda. Jesse Owens, Carl Lewis, Michael Johnson, Bob Beamon, Hickam El Guerrouj, Paavo Nurmi… Grandes nombres que alcanzaron el estatus de atletas legendarios gracias a sus magnificas actuaciones en las Olimpiadas. Grandes nombres que, desde ayer, tendrán que hacer un hueco a dos nuevos astros del atletismo mundial. Porque, a base de sacrificio y esfuerzo, dos superhombres grabaron su nombre en la historia con letras de oro: David Rudisha y Usain Bolt.

La final de los 800 metros es, probablemente, el mejor acontecimiento que se ha vivido hasta el momento en estos Juegos Olímpicos. Se presentaba una final jovencísima, con atletas hambrientos de victoria y rebosantes de fuerza y talento natural. Sobre todos ellos destacaba uno: David Rudisha, el gran favorito y plusmarquista mundial de la distancia desde 2010 con 1:41.01. Al keniata se le auguraba una victoria segura, con muchas opciones de batir el récord olímpico. Si alguien podía hacerle sombra, esos eran Nigel Amos y Timothy Kitum, campeón y subcampeón del mundo junior respectivamente.

Tras el pistoletazo de salida, el orgullo de África se colocó en cabeza para llevar un ritmo sobrehumano desde el principio. No hicieron falta liebres, Rudisha marcó siempre el ritmo que quiso para destrozar a sus rivales. Es un mago de la distancia. Sin esfuerzo aparente fue aumentando poco a poco la velocidad, para terminar con una segunda vuelta sensacional. Nadie pudo seguirlo, nadie en la historia pudo lograr lo que él hizo: 1:40.91. No sólo destrozó el récord olímpico, sino que pulverizó también el récord mundial y se convirtió en el primer hombre en bajar del minuto cuarenta y un segundos. Su exhibición fue abrumadora. Pero el espectáculo en esta prueba no terminó ahí. Nigel Amos terminó en segundo lugar con 1:41.73, récord del mundo junior y la misma marca que obtuvo el gran Sebastian Coe en 1981 cuando batió el récord del mundo de la distancia, que duró la friolera de dieciséis años. El tercer clasificado fue el también keniata Timothy Kitum, que finalizó con 1:42.53, su marca personal y también por debajo del anterior récord del mundo junior. Fue la carrera más rápida de la historia, ganada por el más rápido de la historia. El masái David Rudisha se tornó en leyenda al cruzar la meta en primera posición. Dejó atrás, no sólo a todos sus rivales en la pista, sino a atletas como Steve Ovett o el propio Sebastian Coe. David Rudisha es legendario.


Otro que entró en el selecto grupo de la historia del atletismo fue el relámpago Bolt. Quizá ya tuviera estatus de leyenda, pero él mismo se encargó de autoproclamarse como tal ayer mismo. Lo hizo primero en la pista, donde pasó por encima de sus rivales, y luego ante las cámaras, donde volvió a realizar el espectáculo que caracteriza a este ‘showman’ del atletismo. Sin duda, Usain es un atleta único.


De nuevo se preveía un duelo de ensueño entre Bolt y su compatriota Yohan Blake. Esta vez no existían tantas dudas sobre la victoria de Usain, dudas que se disiparon tras la tremenda exhibición realizada en la final de los cien metros. Esta vez se preveía un espectáculo similar. La prueba arrancó para Bolt de la mejor forma posible: tuvo una salida fulgurante que le permitió alcanzar el primer puesto desde el inicio. Como ya ocurriera en los cien, con una salida tan buena, es imposible alcanzar al relámpago. Trató de hacerlo Blake, y por momentos parecía que lo podría lograr, pero no fue más que un espejismo. Usain Bolt es invencible. Pudo lograr el récord del mundo, pero se dejó llevar en los últimos metros, quizá con la mente puesta en los próximos mítines, donde las cuantías de dinero superan con creces las de los Juegos Olímpicos. Entró a la meta con el dedo en la boca, posando para la foto finish, acallando a todos sus detractores, a todos esos que no se creen que este hombre no es de este planeta. Logró el primer doble-doble de la historia –oro en 100 y 200 metros lisos en Pekín 2008 y Londres 2012– con una carrera de ensueño, en la que Blake fue segundo y Weir tercero. Triplete para Jamaica. También logró entrar, de nuevo, en la historia por la puerta grande. Como Michael Johnson, como Carl Lewis, como Jesse Owens. Ya puede gritarlo a los cuatro vientos: “soy leyenda”.


PabloG.